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sábado, 30 de julio de 2011

La historia lectora


Algo que los mediadores deberían compartir con los lectores y otros mediadores es su historia lectora. ¿Cómo llegué a ser el lector que soy? Yo les contaré sólo el inicio.


No recuerdo nada o casi nada de mis primeras letras. Las palabras me empezaron a gustar tarde… no tuve una infancia rodeada de libros. La primera imagen que tengo de la lectura es la figura de mi abuela leyendo en su habitación. Yo imaginaba que eso que ella hacía, estar horas inclinada sobre las páginas de un libro, debía de ser algo muy interesante. Con los años descubrí que se trataba siempre de un mismo libro: la biblia. 


No tengo ningún recuerdo agradable de la lectura en los primeros años de la escuela: ningún libro significativo, ninguna experiencia inolvidable. Nuevamente, la figura de mi abuela es central. Ella escribía poesía y me animaba para que me presentara en los concursos escolares. Me leía en voz alta sus textos, yo los aprendía de memoria y los recitaba. Nunca gané nada, pero mucha gente me preguntaba por el autor. Mi abuela me tenía prohibido mencionar su nombre. 


En una ocasión me invitó a leer en voz alta en la iglesia que frecuentaba. Yo tenía 8 o 9 años. Recuerdo haber leído frente a unas 250 personas. Me temblaba todo el cuerpo y jamás levanté la vista de la página. Mientras leía, mi voz y las palabras hicieron un silencio fantástico y no sé cómo pero me fui a otro lugar. Cuando terminé de leer me costó trabajo creer que seguía parado en el mismo auditorio. 


Creo que mi abuela fue mi primer libro. En ella leí las historias más fantásticas. Ella fue mi primer encuentro con un personaje, mi primera conversación literaria, mi primera exploración de las posibilidades de la palabra.

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