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jueves, 24 de noviembre de 2011

Sergio Pitol


Xalapa


Viví en la ciudad de Xalapa 6 años. Lo suficiente para conocer la ciudad, estudiar una carrera, hacer algunos amigos, tener buenos y malos trabajos y encontrarme con Sergio Pitol. Si como dice Sergio uno es, al fin y al cabo, “una suma mermada por infinitas restas”, creo que Xalapa me enseñó a restar mentalmente.




Fueron tantas las ocasiones en que pude ver a Sergio firmando libros en Xalapa que ya no recuerdo cuándo me firmó éste. Lo curioso es que no era la primera vez que lo encontraba y le pedía que me firmara un libro. En esa ocasión, reparó en mi apellido. Me miró a los ojos y me preguntó: ¿de dónde es tu familia? De Córdoba, le contesté. Y entonces me firmó el libro.


Fue curioso. No me preguntó “de dónde eres” o “dónde naciste”. A partir de ese momento, siempre que alguien me pregunta de dónde soy respondo que de Córdoba aunque en realidad nací en Coatzacoalcos.



Sergio (quizá sería más preciso decir: mi lectura de su obra) fue una fuerte influencia en mis años de estudiante en Xalapa. Fue más una influencia cultural que literaria: sus viajes, su pasión por los escritores polacos e ingleses, su escritura mezcla de ensayo, relato y autobiografía. Fuera de algunos encuentros, igual en una feria del libro que en un oxxo cercano a su casa, no tuve una relación familiar con él. Muchos amigos lo conocían y frecuentaban, pero a mí nunca me dio por colarme a sus reuniones. Mi relación con él ha sido de encuentros.



Oaxaca


Hace un par de semanas estuve en la Feria del libro en Oaxaca. Por las mañanas daba talleres de poesía a grupos de niños y por las tardes un taller de escritura a jóvenes. Uno de esos días, al terminar la sesión con los niños, volvía al hotel cuando me encontré de frente con Sergio. Lo saludé y me alegré de verlo bien. Me preguntó si era de Xalapa porque le parecía conocido. Le conté quién era y qué hacía en ese momento en Oaxaca. Antes de despedirnos, me invitó a una presentación que haría por la tarde en la feria.  Le aseguré que asistiría, pero de sobra sabía que no me sería posible porque a esa hora continuaba el taller de escritura.



Por la noche, después del taller, había quedado de encontrarme con Charlie en la cabina de radio junto al foro principal. Pasaba por ahí y me encontré con Sergio firmando libros. Su presentación había terminado hacía pocos minutos. Compré la reedición de su Autobiografía precoz, ahora Memoria (ERA 2011), y me acerqué a saludarlo. No sé si logró reconocerme, tuvo muchas dificultades para escribir en el libro mi apellido y su comentario. En una hoja tenía escritas algunas frases (un saludo, un abrazo…) que seguramente copiaba en los ejemplares que sus lectores le ofrecían. Como tenía dificultades para escribir en mi libro, le dije que podía dejarlo así y que me daba gusto volver a saludarlo. Me despedí de él un poco triste.



Cuando encontré a Charlie, le conté la anécdota. Caminábamos hacia el hotel y yo seguía recordando mi encuentro con Sergio en la mañana. Entonces lo vi, por tercera vez en ese día. Sergio abordaba un auto que estaba estacionado en la acera de enfrente. Cuando estaba dentro del auto, me vio por la ventana, tenía la misma mirada de preocupación que hacía unos minutos, y me dijo adiós con la mano. El auto arrancó y nosotros seguimos nuestro camino.



No sé si volveremos a encontrarnos. Pero esa noche en Oaxaca, sin más trama que los encuentros vividos, volvimos al rancho. 





domingo, 6 de noviembre de 2011

Una palabra para eso, entrevista a Kiko Amat



Conocí la obra de Kiko Amat hace 4 meses. La librería Rosario Castellanos organizó una venta especial de Anagrama y ahí compré la novela Cosas que hacen Bum. Inmediatamente (comencé a leerla esa misma tarde), quedé prendado del autor. La siguiente semana, después de varios paseos en librerías, logré conseguir sus otras dos novelas: El día que me vaya no se lo diré a nadie y Rompepistas, ambas también en la colección Contraseñas de Anagrama. Disfruté mucho la lectura, quizá demasiado. El día que compré la primera novela había quedado de verme en la librería con Tony Solis. Cuando tiempo después me contó sus planes para sacar una revista llamada Pánico (en ese entonces Panic) lo primero que hice fue pensar en el personaje de Cosas que hacen Bum, Pànic Orfila. Le sugerí que incluyeran en su primer número una reseña de la novela y me ofrecí para hacerla. Después de platicarlo un poco pensamos que lo mejor sería hacerle una entrevista al autor. Nos pusimos en contacto con él  y amablemente aceptó la invitación. Esta es la historia. 


1.- Cosas que hacen Bum es una novela sobre obsesiones, ¿obsesiones juveniles?

Obsesiones destructivas en general. La literatura está llena de estas manifestaciones de fijación unidireccional y autodestructiva, de Moby Dick a The Demon (donde la obsesión es de cariz lujurioso). Yo mismo fui así durante un tiempo, y solo la suerte y un eventual sentido común (que tomé prestado de gente mucho más benigna que yo) evitó que me precipitara en llamas contra la tierra. La obsesión ha estado a punto de hacérmelo perder todo, aunque suene a teleserie. Jim Dodge decía en una entrevista que su imaginación enfermiza era un arma de doble filo, y lo mismo me sucede a mí: con la imaginación (suelo ver con perfecta claridad el peor escenario futuro posible, y siempre se transforma en una verdad incuestionable ante mis ojos, pese a su patente implausibilidad) y con la obsesión. No hay nada romantizable en la obsesión; solo los que no la padecen le encuentran un lado épico. En realidad es casi una enfermedad, un estadio temprano y menos alarmante que el TOC/OCB. Al igual que con el nerviosismo o el insomnio, se pueden escribir espléndidas novelas sobre el asunto, pero otra cosa muy distinta es sufrir la magulladura en el propio espíritu. No tiene la menor gracia.


2.- Si insisto en lo juvenil de esas obsesiones es porque la novela (el texto)  me ha parecido, quizá sin serlo, extremadamente juvenil. Con esto no quiero etiquetar tu novela, no me refiero a un tipo de literatura ni a un estilo de escritura: leí el texto como un recordatorio de la terrible belleza de la juventud. Durante la lectura,  me fue imposible no pensar en mis años pasados. Puedes hablarnos un poco al respecto. ¿Qué te pasó en la cabeza, en el cuerpo, mientras la escribías? 


Adoro la juventud, y la visión del mundo que uno tiene en la misma. Su pureza, su inocencia, lo poco manchado de las cosas, las expectativas sin torcer. Siempre me he tomado lo de que mi prosa es “juvenil” como un cumplido, incluso en las ocasiones en que se trataba de un puñal patente. No tengo ningún problema con lo juvenil. La mejor novela de Casavella era juvenil. Las colecciones juveniles tienen a Wyndham y Conan Doyle y Julio Verne. Respecto a lo que me pasó por el cuerpo escribiéndola, cosas malas casi todas: 2007 es el peor año de mi vida, y los años que lo precedieron (cuando estuve escribiendo el libro) no me proporcionaron el menor solaz. Era bastante infeliz, por aquel entonces, bebía más de la cuenta y decía gilipolleces en bares y dañaba a mis allegados. No disfruté en absoluto con las excelentes críticas del libro, ni los ocasionales fans, las presentaciones en otras ciudades, nada. Para mí el 2007 es un año muerto y por tanto, como suele suceder con los recuerdos oscuros, trato de pensar en él lo menos posible. Por otro lado, la pena y el vacío interior que me estrangulaban ayudaron a concebir la parte final del BUM. Me cuesta escribir triste siendo feliz, debo ser un poco simplón. Estar triste sin duda ayudó a perfilar mejor la amargura y la ceniza del Pànic de los últimos días.


 3.- Pànic es una especie de enfant terrible. Un pequeño dandi mitad catalán-mitad inglés que ha leído mucho y se ha enamorado poco pero obsesivamente. Cuando leí Rompepistas y volví a encontrarme con él, sentí una nostalgia que me llevó a releer Cosas que hacen Bum. Es un personaje difícil de olvidar, ¿en dónde radica su fuerza?


Imagino que en su fragilidad, y en el mundo interior que se erige como muralla. Mucha gente se identifica con eso. La imaginación y el universo mental de uno son fuerzas poderosas. Pero no quisiera ser Pànic: es un panoli, y un kamikaze, y va a terminar mal. Y deberías dejar de idolatrar a imbéciles, Pànic. Te lo digo en confianza, porque yo te creé. Pànic no está basado en mí, debo decir, excepto en el tema obsesivo: mi bagaje principal no son lecturas, sino experiencias vividas y gente fascinante que conocí.


4.- Otros personajes difíciles de olvidar son los vecinos mexicanos. ¿Alguna vez has estado en México? ¿Cuál es tu relación con nuestro país?


Soy de naturaleza Fanteana/Bukowskiana. Muchas cosas que salen en mis novelas son vividas (en Rompepistas incluso la historia, por supuesto). En el año 2004 tuve unos vecinos mexicanos que me inundaban la casa cada dos por tres. Uno de ellos era mariachi. Pero en la vida real nunca me vieron en pelotas, que conste, ni partiéndome la ceja en el salón.


5.- Además, está Kiko Amat, el personaje. ¿Por qué incluir en la novela un personaje que lleva tu nombre?


Pura vanidad con un poco de travesura y una pizca de envidia. Quería ser como el Martin Amis que aparece en Dinero. Me hacía gracia verme allí, en el mundo de ficción; pero el Kiko Amat que aparece en el Bum –al contrario que el Amis de Dinero- es MUCHO menos cretino que el Kiko Amat que estaba escribiendo el libro. Me pinté positivamente, pues considereé que esa, al menos, era mi prerrogativa. Hoy en día jamás lo haría de ese modo, y me avergüenzan un poco sus apariciones en el libro haciéndose el guays. Tampoco dejaría la figura de Lola, su tía jipi; es completamente inútil de cara a la trama, sólo es la excusa para un par de chistes más bien malos. Si la eliminas por completo, el libro funciona igual. Me he dado cuenta de infinidad de cosas así con el tiempo (¡oh, gracias, viejo reloj de la mutación!) y la experiencia. Es un fastidio. Existe otra razón muy simple por la inclusión del Kiko Amat narrativo: sabía que todo el mundo me iba a preguntar si Pànic estaba basado en mí mismo, así que me figuré que tener al Kiko Amat verdadero triscando alegremente por las páginas sería un perfecto disuasor de la pregunta. Y en eso acerté de lleno.

6.- En la novela describes ampliamente la forma de vestir de tus personajes. En el perfil que incluyes en tu página de internet dices de ti: “Kiko Amat abandonó los estudios a los 17 años para dedicarse de lleno a ser mod adolescente (y medio skinhead por roce) en el extrarradio barcelonés de los 80’s, publicando un fanzine tras otro, bailoteando northern soul y llevando zapatos de hermosura incuestionable”. La descripción de la forma de vestir ¿es otra de tus obsesiones?

 

Lo fue durante un tiempo. Vengo del culto mod, y el lechuguinismo obcecado rayano en la chifladura es uno de sus rasgos definitorios. Estas cosas le acompañan a uno siempre. Aunque pienso muy raramente en mi ropa, a mi edad (tengo 40 años), todavía realizo análisis mentales de todas las vestimentas de mis interlocutores. Asimismo, hoy en día estos análisis están desprovistos de cualquier tipo de juicio cultural; me importa un bledo si alguien lleva chirucas, polares Quechua, camperas o botines cubanos o un embudo en la cabeza y un dedo en la nariz. Lo de que “la ropa hace al hombre” es una gilipollez decimonónica, una idiotez de lores aburridos; algunas de las mejores personas que he conocido en mi vida vestían fatal. Mi esposa, cuando la conocí, parecía un (hermoso) espantapájaros, le daba completamente igual qué se ponía cada mañana y sus jerséis de lana gorda eran talla XXXXL; a la vez, su corazón, empatía, inteligencia, sentido del humor y capacidad de querer eran algo sobrecogedor. Una de las almas más puras que se han cruzado en mi camino es una amiga escaladora que no ha gastado un milisegundo de su existencia a pensar en trapos y que viste como si estuviese a punto de encaramarse al Naranjo de Bulnes en cualquier momento. Pese a lo mucho que defendí la idea opuesta hace décadas, ahora empiezo a ver que algo de superficial sí tiene, todo este pensar en ropititas y zapatitos. Por Dios, tiene que haber cosas más importantes en la tierra que una chaqueta vaquera blanca. Esas cosas no le mejoran a uno, y desde luego no tiene nada que ver con la dignidad personal. Mi dignidad sería la misma aunque mañana saliese a la calle en chándal Decathlon y sombrero mexicano. Estas cosas, al final del día, no dicen absolutamente nada de uno. Y cuando lo hacen, suelen ser mentiras: los clubes y la calle están llenos de humanos hermosos y cool que aparentan ser muchísimo más interesantes y complejos de lo que en realidad son. La mayoría son solo ovejas en camisetas a rayas, y te aseguro que verles me rompe el corazón.


7.-Es indudable que la música, cierta música, tiene un papel importante no sólo en tus novelas sino en tu escritura. El día que me vaya no se lo diré a nadie es, de las tres, la única novela que no incluye al final una lista de referencias musicales. En Cosas que hacen bum escribiste unos Agradecimientos sonoros (“Algunos discos y canciones y grupos que ayudaron a crear esta novela”.) y en Rompepistas, además de una lista de discos que escuchaste durante la escritura de la novela, incluyes una especie de playlist titulado “La balada de los chicos con botas”. Tus personajes escuchan, regalan y hacen música. Además, escribes regularmente sobre el tema. ¿Podríamos hablar de una especial simpatía por las referencias e influencias musicales o se trata de algo más?


Simpatía sabe a poco. Los discos y la música pop han sido durante años lo más importante de mi existencia, la prueba de que existía belleza y un mundo grande más allá de mi agujero extrarradial. Mucho antes que los libros estaban mis queridos elepés. Me salvaron la vida, y digo esto completamente en serio. No solo eso: me la cambiaron por completo. De no haber escuchado (y visto fotos de) Jam y Brighton 64, no estaría aquí haciendo lo que hago. 


8.- “Y todas las canciones me limpiaban y me cauterizaban. Después de oírlas me quedaba  más tranquilo, acompañado, con la conciencia clara de estar sufriendo un mal de muchos." ¿Compartes esta experiencia con Pànic?


Sin duda, Ver letras de Mose Allison o cualquier tema de deep soul para más detalles. O compren Mil violines, si puedo permitirme un inciso para la publicidad.


9.-  “Sé que te mueres de aburrimiento, que estás estudiando porque no se te ocurre nada mejor que hacer, que estás malgastando los minutos más importantes de tu vida." Creo que muchos de nuestros lectores encontrarán en estas palabras un espejo de cuerpo completo. Me pasó a mí. Quizá porque me considero de “los que nacimos en la era incorrecta, en la parte mala de la ciudad, con la habilidad de hacerlo todo y sin encontrar nada que hacer." ¿Crees que tu escritura nombra experiencias de muchos o son los lectores los que se encargan de hacer la relación? 


Como dijo Mose Allison, hablo de la gente hablando de mí. Como no soy distinto de la mayoría de la gente, mi experiencia tenderá a parecerse a la suya. Independientemente de si he sido mod, o he estado a punto de morir, o he pesado 47 kilos, o he tomado todo tipo de pastilla potencialmente letal y/o enloquecedora, o he vivido en Inglaterra o me he cagado en los pantalones repetidamente, mis dolores, culpas, amores, penas y recuerdos hermosos genéricos son los mismos que los de la mayoría de los humanos. En lo importante –no zapatos, no libros, no peinaditos- somos todos lo mismo. Nuestra basura es idéntica. No darse cuenta de esto es estar irremediablemente separado de la experiencia y condición humana. Dicho esto, la segunda cita que nombras no es mía: es un guiño literal al Rebeldes de Susan Hinton. No lo pilló casi nadie, solo Mabel del grupo Hello Cuca.


 10.- Muchas partes del mundo están llenas de indignados. También tus novelas. Pànic y los vorticistas encontraron en Max Stirner una “base ideológica” que les permitía actuar en el mundo. ¿Crees que los jóvenes, indignados o no tanto,  deberían leer a Stirner, como tus personajes?


No. Stirner está muy superado, como todos los anarquistas odiadores de Dios. Ya sabemos que Dios no existe, así que let’s move on, shall we? No, El único y su propiedad es un ladrillo considerable, aunque tiene algunas frases memorables (como la utilizada en el BUM del “encima de mí”; ahora no recuerdo la cita exacta). Los anarquistas individualistas son entrañables, y coincido con ellos en muchas cosas, pero son inevitablemente utópicos, y yo ya no estoy para utopías ni vanguardias ni armaggedones: necesitamos un cambio práctico, con efectos callejeros inmediatos. El 15M y sus demandas se acercan mucho más a lo que considero esencial hoy que las majaradas del bueno de Stirner.


11.- Si tuvieras que describir brevemente tu actividad como escritor, ¿qué dirías?  ¿Los ingleses tienen una palabra para eso?


Bueno, lucho diariamente contra mi completa falta de ambición y contra mi poca laboriosidad. He de establecer disciplinas espartanas para conseguir escribir las horas que lo hago. Preferiría estar tumbado leyendo novelas acojonantes de otra gente y comiendo jamón serrano y descabezando botellín tras botellín y pasando el rato con mis hijos y mi mujer en el campo ampurdanés, o con mis amigotes en bodegas contando batallitas adolescentes. No tengo ninguna expectativa de ser laureado o enmedallado, ni anhelo ganar ningún premio (excepto por el vil metal, que si me urge), ni busco convertirme en una referencia literaria. No soy un intelectual, ni me parezco a la mayoría de los escritores. Me gusta escribir, sin duda, y cuando la cosa sale bien es una de las satisfacciones más grandes de mi vida; aunque sospecho me gusta mucho más haber escrito. La incertidumbre de los primeros drafts, cuando no sabes si has escrito una bosta de vaca o una obra maestra, no es algo que desee experimentar cada vez. Así que la disciplina, como insinuaba en la pregunta anterior, es la única clave de “mi éxito” (perdón por las comillas).


Sobre Kiko Amat:
http://www.kikoamat.com/web/articulos-selectos/
Sobre sus libros: 
http://www.kikoamat.com/web/libros/

lunes, 3 de octubre de 2011

Lo menos oscuro

Casi al final de una larguísima vida dedicada a explorar las implicaciones culturales, históricas, políticas, éticas, estéticas y filosóficas de esa práctica cotidiana que llamamos “lectura”, Hans-George Gadamer, el maestro de la hermenéutica contemporánea, escribió lo siguiente: “Qué cosa sea leer, y cómo tiene lugar la lectura, me parece una de las cosas más oscuras”. 

Jorge Larrosa, Leer (y enseñar a leer) entre las lenguas



Después de leer este comentario, que abre el texto de Jorge Larrosa, me parece que cualquier texto que trate sobre la lectura debería comenzar exponiendo la misma idea. Siguiendo el ejemplo de Gadamer, Jorge Larrosa escribió en el prólogo de La experiencia de la lectura: “Yo, por mi parte, nunca sabré lo que es leer, aunque para saberlo continúe leyendo con un lápiz en la mano y escribiendo sobre una mesa llena de libros”. 


Razones me sobran para desconfiar de los que pretenden haber establecido ya qué cosa es leer. En mis lecturas de los que considero enormes lectores e investigadores de la lectura, a cada paso me encuentro con comentarios similares al de Gadamer. Por ejemplo, Michelle Petit en Nuevos acercamientos a los jóvenes y a la lectura: “No puedo analizar aquí exhaustivamente la experiencia de la lectura literaria; no estoy particularmente calificada para hacerlo, y serían necesarias no cuatro conferencias sino años”. O E. B. Huey, citado por Alberto Manguel en Una historia de la lectura: “Analizar exhaustivamente lo que hacemos cuando leemos, sería casi el éxito supremo del sicólogo, porque significaría describir gran parte de los procesos más intrincados de la mente humana.” O algo similar de Charles Sarland en La lectura en los jóvenes: cultura y respuesta: “Si acaso existe una gran teoría de la respuesta que se aplique a las lecturas que hace la gente de los textos, ésta es que no hay ninguna teoría que explique adecuadamente todas las variadas respuestas que pueden generar los textos.” O… etc. 


En su autobiografía, curiosamente titulada Errata, George Steiner afirma que “El atributo que distingue lo trivial, la obra efímera, ya sea en la música, en la literatura o en las artes, consiste en que puede clasificarse y comprenderse de una vez por todas.” Arriesgándome a sonar pedante, yo calificaría de “obras efímeras” muchos de  los textos que he leído sobre la lectura. La lectura no es algo trivial. 


Escapando de lo trivial, aunque algunos no de los lugares comunes, hay autores que se arriesgan a describir la lectura. Una de las descripciones más hermosas, que además plantea una alternativa a los abordajes tradicionales al tema, se la debo a Alberto Manguel. 



Es verdad que en algunas ocasiones el mundo de la página se incorpora a nuestro imaginaire consciente –nuestro cotidiano vocabulario de imágenes–, y entonces vagamos sin rumbo por esos paisajes inventados, maravillados como Don Quijote. Pero la mayor parte del tiempo caminamos con paso firme. Sabemos que estamos leyendo incluso al mismo tiempo en que ponemos en suspenso la incredulidad; sabemos por qué leemos aunque no sepamos cómo, reteniendo en la cabeza al mismo tiempo, por así decirlo, la ilusoria realidad del texto y el acto de leer. Leemos para averiguar el final, por consideración a la historia. Leemos no para alcanzar la última página, sino por amor a la lectura misma. Leemos minuciosamente, como rastreadores, sin prestar atención a lo que nos rodea; leemos distraídamente, saltándonos páginas. Leemos con desprecio, con admiración, con negligencia, con furia, con pasión, con envidia, con anhelo. Leemos con ráfagas repentinas de placer, sin saber qué las ha provocado. “¿Qué es esta emoción?”, pregunta Rebeca West, después de leer El rey Lear. “¿Qué aportarán a mi vida las más elevadas obras de arte, que me hacen sentir tan feliz?” No lo sabemos: leemos en la ignorancia. Leemos en largos y lentos movimientos, como flotando en el espacio, ingrávidos. Leemos llenos de prejuicios, con malicia. Leemos generosamente, llenando vacíos, corrigiendo errores. Y a veces, cuando las estrellas nos son propicias, leemos conteniendo la respiración, con un estremecimiento, como si alguien o algo hubiera “caminado sobre nuestra tumba”, como si, de repente, hubiéramos rescatado un recuerdo de lo más hondo de nosotros mismos; el reconocimiento de algo que antes  ignorábamos que estaba allí, o de algo que vagamente sentimos como un parpadeo o una sombra, cuya silueta fantasmal se eleva y vuelve a desaparecer en nuestro interior antes de que podamos ver lo que es, pero volviéndonos más viejos y más sabios. 

Alberto Manguel, Una historia de la lectura



En “El traductor como lector”, uno de los ensayos de Una historia de la lectura, Alberto Manguel describe lo que a mí me gustaría ser como lector: “un oyente mejor y más sabio: menos seguro, mucho más sensible.” El lector podría ser lo  menos oscuro de esta noche.

lunes, 8 de agosto de 2011

Sin título

Aunque desinteresados y a menudo enteramente inesperados, el cuadro que vemos de pronto en un muro o en una galería, la melodía que se apropia de nuestro cuerpo y de nuestra memoria, el poema, la novela o la obra de teatro que nos tienden una emboscada, por así decir, el encuentro, la colisión entre conciencia y forma significante, entre percepción y estética, es una de las experiencias más poderosas. Puede transmutarnos.

George Steiner, Errata


Existen muchos testimonios sobre la experiencia estética producida por el encuentro con una obra de arte. Las obras de arte, entre ellas las literarias, dejan en nosotros “una huella palpable”. Seguimos nuestro camino marcados por el encuentro. Quisiera compartirles uno de estos testimonios, es del escritor Sergio Pitol y se encuentra en su libro El viaje:


Estaba en segundo año de secundaria. Mi abuela me había regalado un pequeño portafolio rígido de cuero para guardar libros, cuadernos y demás utensilios escolares, con la esperanza de que dejase de perderlos a cada rato. A mi casa llegaba regularmente una revista médica muy bien ilustrada, de cuyo interior se podía desprender la reproducción de una obra maestra del arte. Yo recortaba esas páginas para guardarlas en una caja de tesoros personales. 

Un día, al abrir la revista me quedé aturdido. Nada había visto tan deslumbrador como aquella página colorida. Un cuadro bañado de luz, iluminado desde arriba, pero también desde el interior de la tela. En una pecera nadaban unos cuantos peces rojos cuyo reflejo se mecía en la superficie del agua. Era el triunfo absoluto del color. El cubo que contenía a los peces formaba parte del eje vertical del cuadro y se apoyaba en una mesa redonda sostenida por un solo pie. Estaba, claro, en el centro. Todo el resto de la tela era una selva de hojas hermosas y de flores; estaban en el primer plano, en el fondo, se las veía a través del cristal del recipiente, enardecidas, arracimadas, luminosas, perfectas. Si hubiese vivido en la Antártida, o en el corazón de Sonora, o del Sáhara, donde nadie nunca ve flores ni peces ni agua, podría comprender que aquella precipitación florida me hiciera enloquecer. Pero vivía en Córdoba, al lado de Fortín de las Flores, en medio de jardines suculentos, y aún así aquello me parecía un milagro. Fijé la página con pegamento en la parte interior dura de mi maletín. Algunos compañeros colocaban allí fotos de Lucha Reyes, de Toña la Negra, las grandes voces del momento, o de boxeadores, escenas de películas, perros, Vírgenes y santos, modelos de aviones o automóviles flamantes; otros, nada. Conviví con mis peces rojos y su entorno fascinante durante tres años. Fue mi mejor amuleto; una señal, una promesa. Vi después reproducciones de obras de su autor, pero no ésa. En el Museo de Arte Moderno de Nueva York me detuve por asombro ante formidables óleos suyos. 

Años después, al entrar en una sala del Museo Pushkin de Moscú, la que alberga algunos de los óleos más extraordinarios de Matisse, me encontré de golpe con el original de aquellos Peces rojos míos. Más que una experiencia estética fue un trance místico, una revaloración instantánea del mundo, de la continuidad del tiempo.
Sergio Pitol, Peces rojos


Desde luego se trata de encuentros que ocurren, de forma azarosa y fortuita, y que es muy difícil producir. Yo no me atrevería a afirmar que a través de mi trabajo de mediación he logrado que un lector haya vivido un encuentro de esta magnitud. Aún en los contextos desfavorecidos donde es probable que el trabajo de los mediadores sea la única oportunidad que tienen los lectores para vivir encuentros afortunados con los textos, creo que es muy difícil que lleguen a producirse. Dos razones: los mediadores hacemos sólo un trabajo de introducción (el camino de descubrimiento de los textos es largo) y me parece que los encuentros definitivos uno los vive siempre en solitario. Los mediadores preparamos el barco para el viaje, pero somos siempre esas siluetas que se quedan en el muelle y se van borrando mientras dicen adiós con la mano.


(Escribe tu nombre en el aire
ahora bórralo
me estás diciendo adiós con la mano.)

Ricardo Yáñez

sábado, 30 de julio de 2011

La historia lectora


Algo que los mediadores deberían compartir con los lectores y otros mediadores es su historia lectora. ¿Cómo llegué a ser el lector que soy? Yo les contaré sólo el inicio.


No recuerdo nada o casi nada de mis primeras letras. Las palabras me empezaron a gustar tarde… no tuve una infancia rodeada de libros. La primera imagen que tengo de la lectura es la figura de mi abuela leyendo en su habitación. Yo imaginaba que eso que ella hacía, estar horas inclinada sobre las páginas de un libro, debía de ser algo muy interesante. Con los años descubrí que se trataba siempre de un mismo libro: la biblia. 


No tengo ningún recuerdo agradable de la lectura en los primeros años de la escuela: ningún libro significativo, ninguna experiencia inolvidable. Nuevamente, la figura de mi abuela es central. Ella escribía poesía y me animaba para que me presentara en los concursos escolares. Me leía en voz alta sus textos, yo los aprendía de memoria y los recitaba. Nunca gané nada, pero mucha gente me preguntaba por el autor. Mi abuela me tenía prohibido mencionar su nombre. 


En una ocasión me invitó a leer en voz alta en la iglesia que frecuentaba. Yo tenía 8 o 9 años. Recuerdo haber leído frente a unas 250 personas. Me temblaba todo el cuerpo y jamás levanté la vista de la página. Mientras leía, mi voz y las palabras hicieron un silencio fantástico y no sé cómo pero me fui a otro lugar. Cuando terminé de leer me costó trabajo creer que seguía parado en el mismo auditorio. 


Creo que mi abuela fue mi primer libro. En ella leí las historias más fantásticas. Ella fue mi primer encuentro con un personaje, mi primera conversación literaria, mi primera exploración de las posibilidades de la palabra.

martes, 19 de julio de 2011

La insoportable brevedad del texto

En una ocasión escuché a una chica decir que “leer es leer una novela”. Conversando al respecto, pude conocer las razones de esta afirmación. Para ella, la lectura de un cuento o de un poema no es lectura porque se trata de textos breves. Le pregunté, entonces, qué pensaba de las personas que leían libros de cuentos o libros de poesía. “Es lo mismo”, me respondió. 


Una maestra me dijo una vez: “mis alumnos leen entre 5 y 6 libros cada ciclo escolar, y son libros de verdad”. Cuando le pregunté a que se refería con la expresión “libros de verdad” me respondió: “libros largos, novelas enteras”. 


La semana pasada me encontré a un amigo en un café del centro. Yo acaba de comprar y estaba leyendo Temporada de caza para el león negro de Tryno Maldonado. Nos saludamos y me preguntó por el libro. Yo le conté, muy emocionado, que se trataba de una novela construida a partir de 99 capítulos muy breves, algunos de una sola frase. “Ahhhh, eres un tramposo”, me dijo.


El martes 12,  en una conversación online que sostuvo con lectores de El País, Alejandro Zambra fue cuestionado sobre la brevedad de sus textos. Un internauta le ha preguntado: ¿Por qué escribes novelas tan cortas? Zambra, que ha escrito a la fecha tres novelas breves de mucha calidad, ha respondido: 


“Con "Bonsái" era un poco más deliberado, había un deseo de desandar el camino novelesco, reducirlo todo al mínimo, quitar convenciones. Hacer un bonsái de novela, no una novela. Pero con "La vida privada de los árboles" y "Formas de volver a casa" simplemente se dio un cierto trayecto. No tengo demasiadas explicaciones o explicaciones muy precisas (más allá de lo que sucede en los libros, claro). No soy partidario -así, en abstracto- de las novelas cortas o de las novelas largas. Pero me gustan mucho algunas novelas cortas, como "El coronel no tiene quien le escriba", de García Márquez", o "Las cosas" y "Un hombre que duerme", de Perec", entre muchas otras.”


Otro participante ha declarado: Me gustaría una novela suya de 400 páginas. Zambra comentó:


“Lo de escribir 400 páginas no es un reto. Nunca pienso en cuán largo o corto va a salir un libro. En verdad nunca pienso en nada que limite el proceso de creación.”


 Algo parecido escribe Andrés Neuman en el epílogo-manifiesto “Las mínimas palabras (acerca del microcuento)” que ha incluido en su libro de cuentos breves El que espera (dividió en miniaturas y brevedades). Cito:


“(…) en muchas ocasiones la extensión de un cuento empieza siendo una incógnita para el propio autor, que sin embargo suele tener claros desde un principio los recursos técnicos, de perspectiva y estructurales de que dispondrá para contar su historia. Más que proponerse “voy a escribir un cuentos de unas cuatro páginas” para a continuación buscar los recursos técnicos necesarios, lo que suele hacer esta clase de narradores es pensar “quisiera contar esta historia, y sé que me gustaría hacerlo desde este punto de vista, con este ritmo y este esquema”, siendo esta elección de lenguaje la que atrae, de forma natural, la brevedad.”


La brevedad como acontecimiento y no como búsqueda.


O, algo por el estilo, de Valeria Luiselli en Los ingrávidos:


"Las novelas son de largo aliento. Eso quieren los novelistas. Nadie sabe exactamente qué significa pero todos dicen: largo aliento. Yo tengo una bebé y un niño mediano. No me dejan respirar. Todo lo que escribo es -tiene que ser- de corto aliento. Poco aire."


En mi campo, la formación de lectores, los textos breves suelen ser apreciados por su utilidad. Por ejemplo, para la lectura en voz alta. Pero más allá de esto, me parece que no nos hemos detenido a considerar especialmente lo que la lectura de textos breves puede llegar a significar: la posibilidad de una lectura totalmente distinta a otras. 


Hay quienes todavía consideran que la narrativa breve es un género menor. Aunque autores como Cortázar o Borges hayan escrito textos breves, la brevedad de algunos textos parece volverse insoportable para algunos lectores.

domingo, 10 de julio de 2011

Las casas donde leímos esos libros

Llevo algunas semanas, quizá un par de meses, leyendo textos que me arriesgaría a calificar como juveniles. Se trata de textos distintos, publicados en libros de editoriales distintas, que no tienen, y espero que nunca tengan, colecciones de literatura juvenil. Es algo diferente lo que digo: textos juveniles.  


Esta expresión, “textos juveniles”, no pretende designar un estilo, una forma de creación, un conjunto de textos determinado y mucho menos una especie de público lector (lo sé muy bien, la distinción está en mi cabeza y no en los textos). Para mí, los textos juveniles son aquellos que están construidos a partir de experiencias de juventud, que centran su mundo (acción, reflexión, lenguaje y referencias) en estas experiencias y que suelen tener jovencitos como personajes. La clave está en la honestidad (porque algo similar he escuchado sobre algunas colecciones de literatura juvenil): se trata de textos honestos, que no fingen su contenido, que no aleccionan. Sobre todo esto último, no aleccionan: no hay nada menos juvenil que aleccionar. Los textos juveniles celebran la juventud, con todo y sus traumas y tragedias. 


Bueno, pero yo decía que llevo algún tiempo leyendo textos juveniles. Leyéndolos me pasaron algunas cosas. Para empezar, me descubrí recordando mis años pasados. Con cierta nostalgia, volví a pensar en “los tiempos de la escuela” (es una tragedia que la juventud coincida con esos tiempos), de las primeras fiestas y sobre todo de las “enfermedades inventadas”. Descubrí también que me hubiera gustado leer muchos de estos libros en ese tiempo. Por razones diversas, que van desde el desconocimiento de los autores hasta mis problemas económicos de entonces, nunca pude tener acceso a ellos. Esta es una deuda conmigo mismo que empiezo a saldar. Y, además, recordé mi viejo sistema de economía de lectura. 


Cuando era estudiante, tenía serios problemas económicos. Nada del otro mundo, es una historia conocida. Pero para mí esto tenía una consecuencia específica: no podía acceder a muchos libros. Nunca me he sentido cómodo en las bibliotecas y la verdad las visito poco. Así que para poder leer (por varias razones que algún día contaré, no me gustaba leer libros prestados) tuve que diseñarme un sistema de “adquisición y reciclaje de libros”. Mi primera incursión en la educación financiera. Era sencillo: compraba libros usados en librerías de viejo, después de leerlos los vendía en las mismas librerías y con ese dinero compraba otros libros. Era un negocio redondo, para las librerías, y a mí me permitía mantenerme leyendo. 


En El palacio de la luna de Paul Auster, Marco Stanley hereda de un tío una biblioteca nada despreciable. Él, como muchos adolescentes, no es un “gran lector”, pero como ha perdido casi todo el interés en la vida útil decide encerrarse en su casa a leer. Tiene poco dinero y muchos libros. Entonces diseña un sistema similar al mío: cada semana leerá todos los  libros que pueda de la biblioteca de su tío, después venderá esos libros para poder mantenerse con el dinero, y así hasta terminar la biblioteca entera. A mí me parecía una victoria, pero las historias avanzan de formas que muchas veces no son las que queremos. De la contraportada del libro: Marco “va cayendo progresivamente en la indigencia, la soledad y una suerte de tranquila locura de matices dostoievskianos, hasta que la bella Kitty Wu lo rescata”. Es muy triste, ¿no?


Hay claras diferencias con mi historia personal. Los libros a los que yo tenía acceso eran limitados: las librerías de viejo no son, salvo algunas excepciones, maravillosas como la biblioteca de la novela de Auster. Y mi interés, que siempre ha sido selectivo, me hacía la cosa más difícil. Además (¡gracias destino!), nunca fui rescatado por una bella Kitty Wu. Ahora, recordando, reconozco que mi sistema tenía, por así decirlo, una ventaja: los libros que se rematan en las librerías de viejo suelen ser, en su mayoría, “clásicos”. Y así pude leer a autores como Virginia Woolf, Samuel Beckett, Kafka, Dostoievski, Hemingway, Rulfo, por nombrar algunos. De otra forma quizá hubiera tardado en llegar a ellos o nunca los hubiera conocido. No me interesa pensar en las posibilidades. 


El final de esta experiencia siempre me ha parecido agradable: termina con mi aterrizaje en la escritura. Escribía ensayos y reseñas sobre pedido para mis amigos estudiantes. Y así pude comenzar a conservar algunos libros. Ahora me resultaría casi imposible retomar mi sistema, aunque pensándolo bien quién sabe, la crisis es la crisis. 


¿Leí alguna vez “literatura juvenil”? Puede que sí o puede que no, la verdad no lo recuerdo. Y si no lo recuerdo quiere decir que no hay ahí nada significativo. Haciendo un esfuerzo logro sacar de la memoria dos títulos que podría, siempre con problemas, calificar como juveniles: El retrato del artista adolescente y El guardián entre el centeno. Puedo recordar pasajes, pero nada que me conecte con mis experiencias juveniles. Y me parece que eso es lo importante, eso que me ha pasado ahora que me he puesto a leer estos libros que me hubiera gustado leer hace años. 


Leer siendo joven es una experiencia determinante. A diferencia del matrimonio, en el que la elección de la pareja es algo que se debe meditar, creo que no importa tanto qué se lea, sino el hecho de leer. Pasar el tiempo en las páginas, desvelarse, agarrarse de un fragmento o de una frase con toda la fuerza del cuerpo joven. Si hay lectura corporal, esta tiene lugar en la juventud, aunque después se prolongue un poco más allá. 


Los que me conocen quizá piensen que este tipo de cosas se escriben después de los 30 y que es una ridiculez de mi parte. Pero a ellos les digo que hoy me siento en ese punto que describe Alejandro Zambra en su novela Formas de volver a casa: “ha llegado el tiempo en que no importan las películas ni las novelas sino el momento en que las vimos, las leímos: dónde estábamos, qué hacíamos, quiénes éramos entonces.” 



Vuelvo a decirlo: me hubiera gustado leer estos libros hace años. Así podría releerlos hoy y tener otros recuerdos. Me parece que el momento es algo de lo más importante: recordamos un texto también por el momento. En mi caso no es posible. Pero algo se ha salvado: quizá vuelva a leer alguno de los libros que leí hace años, aunque no sean los que hubiera deseado. Después de todo, volver es volver: ¿la relectura no es acaso una forma de volver a casa, a las casas donde leímos esos libros?