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lunes, 8 de agosto de 2011

Sin título

Aunque desinteresados y a menudo enteramente inesperados, el cuadro que vemos de pronto en un muro o en una galería, la melodía que se apropia de nuestro cuerpo y de nuestra memoria, el poema, la novela o la obra de teatro que nos tienden una emboscada, por así decir, el encuentro, la colisión entre conciencia y forma significante, entre percepción y estética, es una de las experiencias más poderosas. Puede transmutarnos.

George Steiner, Errata


Existen muchos testimonios sobre la experiencia estética producida por el encuentro con una obra de arte. Las obras de arte, entre ellas las literarias, dejan en nosotros “una huella palpable”. Seguimos nuestro camino marcados por el encuentro. Quisiera compartirles uno de estos testimonios, es del escritor Sergio Pitol y se encuentra en su libro El viaje:


Estaba en segundo año de secundaria. Mi abuela me había regalado un pequeño portafolio rígido de cuero para guardar libros, cuadernos y demás utensilios escolares, con la esperanza de que dejase de perderlos a cada rato. A mi casa llegaba regularmente una revista médica muy bien ilustrada, de cuyo interior se podía desprender la reproducción de una obra maestra del arte. Yo recortaba esas páginas para guardarlas en una caja de tesoros personales. 

Un día, al abrir la revista me quedé aturdido. Nada había visto tan deslumbrador como aquella página colorida. Un cuadro bañado de luz, iluminado desde arriba, pero también desde el interior de la tela. En una pecera nadaban unos cuantos peces rojos cuyo reflejo se mecía en la superficie del agua. Era el triunfo absoluto del color. El cubo que contenía a los peces formaba parte del eje vertical del cuadro y se apoyaba en una mesa redonda sostenida por un solo pie. Estaba, claro, en el centro. Todo el resto de la tela era una selva de hojas hermosas y de flores; estaban en el primer plano, en el fondo, se las veía a través del cristal del recipiente, enardecidas, arracimadas, luminosas, perfectas. Si hubiese vivido en la Antártida, o en el corazón de Sonora, o del Sáhara, donde nadie nunca ve flores ni peces ni agua, podría comprender que aquella precipitación florida me hiciera enloquecer. Pero vivía en Córdoba, al lado de Fortín de las Flores, en medio de jardines suculentos, y aún así aquello me parecía un milagro. Fijé la página con pegamento en la parte interior dura de mi maletín. Algunos compañeros colocaban allí fotos de Lucha Reyes, de Toña la Negra, las grandes voces del momento, o de boxeadores, escenas de películas, perros, Vírgenes y santos, modelos de aviones o automóviles flamantes; otros, nada. Conviví con mis peces rojos y su entorno fascinante durante tres años. Fue mi mejor amuleto; una señal, una promesa. Vi después reproducciones de obras de su autor, pero no ésa. En el Museo de Arte Moderno de Nueva York me detuve por asombro ante formidables óleos suyos. 

Años después, al entrar en una sala del Museo Pushkin de Moscú, la que alberga algunos de los óleos más extraordinarios de Matisse, me encontré de golpe con el original de aquellos Peces rojos míos. Más que una experiencia estética fue un trance místico, una revaloración instantánea del mundo, de la continuidad del tiempo.
Sergio Pitol, Peces rojos


Desde luego se trata de encuentros que ocurren, de forma azarosa y fortuita, y que es muy difícil producir. Yo no me atrevería a afirmar que a través de mi trabajo de mediación he logrado que un lector haya vivido un encuentro de esta magnitud. Aún en los contextos desfavorecidos donde es probable que el trabajo de los mediadores sea la única oportunidad que tienen los lectores para vivir encuentros afortunados con los textos, creo que es muy difícil que lleguen a producirse. Dos razones: los mediadores hacemos sólo un trabajo de introducción (el camino de descubrimiento de los textos es largo) y me parece que los encuentros definitivos uno los vive siempre en solitario. Los mediadores preparamos el barco para el viaje, pero somos siempre esas siluetas que se quedan en el muelle y se van borrando mientras dicen adiós con la mano.


(Escribe tu nombre en el aire
ahora bórralo
me estás diciendo adiós con la mano.)

Ricardo Yáñez

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