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miércoles, 25 de mayo de 2011

La paciencia de los libros


I

Un amigo me ha preguntado si Algún comentario llegará a ser con el tiempo un compendio de reseñas de libros. Espero que no, porque lo que me interesa es hablar de mis lecturas a partir de los libros que leo y no hablar de los libros a partir de mis lecturas. La diferencia es importante, y tiene un antecedente inmediato: Imaginantes* de José Gordon.

II

Imaginantes*  es una serie de brevísimos videoclips animados que “narran los momentos creativos de grandes artistas y pensadores contemporáneos”. Se trata de una propuesta sumamente eficaz. En cuestión de un minuto, no sólo se nos comunica una idea sorprendente: su fuerza nos contagia porque es la de la imaginación que todos compartimos. La calidad técnica y estética de las cápsulas es un puente para acercar el contenido a públicos diversos, por ejemplo: los jóvenes.

Es una solución conocida. Los cuentos extravagantes, de Nostra Ediciones, parece estar animada por una idea similar. Es “una colección de cuentos breves escritos por los máximos exponentes de este género de todo el mundo, nacidos a finales del siglo XIX y principios del XX, ilustrados por los creadores de nuevas tendencias y discursos visuales como el arte japonés, el grafitti y el arte pop, del siglo XXI.” 

III

Cada cápsula de Imaginantes* es un registro audiovisual de algunas experiencias de lectura de José Gordon. Él descubre, comenta y comparte esos momentos luminosos de la imaginación. Aunque algunos tienen como temática un libro, nunca caen en la reseña. 




La cápsula El contagio de la imaginación está basada en un cometario que hace George Steiner en El arte de la crítica Entrevista con Ronald A. Sharp incluida en su libro Los logócratas. 

Llama mi atención que el comentario fácilmente podría pasar desapercibido en la lectura: es sólo una referencia, entre miles. Pero José Gordon la ha elegido para Imaginantes*. Por eso, me gusta pensar que más que un catálogo de experiencias de imaginación, Imaginantes* es una prolongación de José Gordon lector. 

IV

En una de mis más recientes visitas a Xalapa, Judit me regaló Lenguaje y silencio de Steiner. Lo comencé a leer ahí mismo, estábamos en Los lagos y ella practicaba estiramientos, y desde ese momento quedé enganchado al autor. De regreso en DF, salí de paseo a las librerías… 

Antes de comprar un libro trato de hacerme una idea general sobre su contenido. Leer los comentarios de la contraportada, quitar el forro de plástico, cuando lo hay, y leer algunas páginas al azar me ayudan a construir esa idea. Ese día no hice nada de esto porque me bastaba el nombre del autor, compré: Los logócratas y un librito de la Biblioteca de Ensayo de Siruela que incluye un texto titulado El silencio de los libros.

Al llegar a casa me puse a hojear los libros. Descubrí que el ensayo El silencio de los libros está  también en Los logócratas pero con el título de Los disidentes del libro…

En Los logócratas encontré, entre muchas otras cosas, el comentario que inspiró El contagio de la imaginación. Además, en el texto Los que queman los libros, descubrí una idea que me parece podría ser tema para otra cápsula de Imaginantes*. Yo la titularía “La paciencia de los libros”. Transcribo a continuación el fragmento:

“El encuentro con el libro, como con el hombre y la mujer, que va a cambiar nuestra vida, a menudo en un instante de reconocimiento del que no tenemos conciencia, puede ser puro azar. El texto que nos convertirá a una fe, nos adherirá a una ideología, dará a nuestra existencia una finalidad y un criterio podría esperarnos en la sección de libros de ocasión, de libros deteriorados o de saldos. Puede hallarse, polvoriento y olvidado, en una sección justo al lado del volumen que buscamos. (…) Mientras un texto sobreviva, en algún lugar de esta tierra, aunque sea en un silencio que nada viene a romper, siempre es capaz de resucitar. Walter Benjamin lo enseñaba, Borges hizo su mitología: un libro auténtico nunca es impaciente. Puede aguardar siglos para despertar un eco vivificador. Puede estar en venta a mitad de precio en una estación de ferrocarril, como estaba el primer Celan que descubrí por azar y abrí. Desde aquel momento fortuito, mi vida se vio transformada y he tratado de aprender “una lengua al norte del futuro”.

V

Después de la lectura viene la tormenta. Ahora emprendo la búsqueda del origen de esta “lengua al norte del futuro”. Y la escritura de Algún comentario, de viaje. 

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