lunes, 3 de octubre de 2011

Lo menos oscuro

Casi al final de una larguísima vida dedicada a explorar las implicaciones culturales, históricas, políticas, éticas, estéticas y filosóficas de esa práctica cotidiana que llamamos “lectura”, Hans-George Gadamer, el maestro de la hermenéutica contemporánea, escribió lo siguiente: “Qué cosa sea leer, y cómo tiene lugar la lectura, me parece una de las cosas más oscuras”. 

Jorge Larrosa, Leer (y enseñar a leer) entre las lenguas



Después de leer este comentario, que abre el texto de Jorge Larrosa, me parece que cualquier texto que trate sobre la lectura debería comenzar exponiendo la misma idea. Siguiendo el ejemplo de Gadamer, Jorge Larrosa escribió en el prólogo de La experiencia de la lectura: “Yo, por mi parte, nunca sabré lo que es leer, aunque para saberlo continúe leyendo con un lápiz en la mano y escribiendo sobre una mesa llena de libros”. 


Razones me sobran para desconfiar de los que pretenden haber establecido ya qué cosa es leer. En mis lecturas de los que considero enormes lectores e investigadores de la lectura, a cada paso me encuentro con comentarios similares al de Gadamer. Por ejemplo, Michelle Petit en Nuevos acercamientos a los jóvenes y a la lectura: “No puedo analizar aquí exhaustivamente la experiencia de la lectura literaria; no estoy particularmente calificada para hacerlo, y serían necesarias no cuatro conferencias sino años”. O E. B. Huey, citado por Alberto Manguel en Una historia de la lectura: “Analizar exhaustivamente lo que hacemos cuando leemos, sería casi el éxito supremo del sicólogo, porque significaría describir gran parte de los procesos más intrincados de la mente humana.” O algo similar de Charles Sarland en La lectura en los jóvenes: cultura y respuesta: “Si acaso existe una gran teoría de la respuesta que se aplique a las lecturas que hace la gente de los textos, ésta es que no hay ninguna teoría que explique adecuadamente todas las variadas respuestas que pueden generar los textos.” O… etc. 


En su autobiografía, curiosamente titulada Errata, George Steiner afirma que “El atributo que distingue lo trivial, la obra efímera, ya sea en la música, en la literatura o en las artes, consiste en que puede clasificarse y comprenderse de una vez por todas.” Arriesgándome a sonar pedante, yo calificaría de “obras efímeras” muchos de  los textos que he leído sobre la lectura. La lectura no es algo trivial. 


Escapando de lo trivial, aunque algunos no de los lugares comunes, hay autores que se arriesgan a describir la lectura. Una de las descripciones más hermosas, que además plantea una alternativa a los abordajes tradicionales al tema, se la debo a Alberto Manguel. 



Es verdad que en algunas ocasiones el mundo de la página se incorpora a nuestro imaginaire consciente –nuestro cotidiano vocabulario de imágenes–, y entonces vagamos sin rumbo por esos paisajes inventados, maravillados como Don Quijote. Pero la mayor parte del tiempo caminamos con paso firme. Sabemos que estamos leyendo incluso al mismo tiempo en que ponemos en suspenso la incredulidad; sabemos por qué leemos aunque no sepamos cómo, reteniendo en la cabeza al mismo tiempo, por así decirlo, la ilusoria realidad del texto y el acto de leer. Leemos para averiguar el final, por consideración a la historia. Leemos no para alcanzar la última página, sino por amor a la lectura misma. Leemos minuciosamente, como rastreadores, sin prestar atención a lo que nos rodea; leemos distraídamente, saltándonos páginas. Leemos con desprecio, con admiración, con negligencia, con furia, con pasión, con envidia, con anhelo. Leemos con ráfagas repentinas de placer, sin saber qué las ha provocado. “¿Qué es esta emoción?”, pregunta Rebeca West, después de leer El rey Lear. “¿Qué aportarán a mi vida las más elevadas obras de arte, que me hacen sentir tan feliz?” No lo sabemos: leemos en la ignorancia. Leemos en largos y lentos movimientos, como flotando en el espacio, ingrávidos. Leemos llenos de prejuicios, con malicia. Leemos generosamente, llenando vacíos, corrigiendo errores. Y a veces, cuando las estrellas nos son propicias, leemos conteniendo la respiración, con un estremecimiento, como si alguien o algo hubiera “caminado sobre nuestra tumba”, como si, de repente, hubiéramos rescatado un recuerdo de lo más hondo de nosotros mismos; el reconocimiento de algo que antes  ignorábamos que estaba allí, o de algo que vagamente sentimos como un parpadeo o una sombra, cuya silueta fantasmal se eleva y vuelve a desaparecer en nuestro interior antes de que podamos ver lo que es, pero volviéndonos más viejos y más sabios. 

Alberto Manguel, Una historia de la lectura



En “El traductor como lector”, uno de los ensayos de Una historia de la lectura, Alberto Manguel describe lo que a mí me gustaría ser como lector: “un oyente mejor y más sabio: menos seguro, mucho más sensible.” El lector podría ser lo  menos oscuro de esta noche.

lunes, 8 de agosto de 2011

Sin título

Aunque desinteresados y a menudo enteramente inesperados, el cuadro que vemos de pronto en un muro o en una galería, la melodía que se apropia de nuestro cuerpo y de nuestra memoria, el poema, la novela o la obra de teatro que nos tienden una emboscada, por así decir, el encuentro, la colisión entre conciencia y forma significante, entre percepción y estética, es una de las experiencias más poderosas. Puede transmutarnos.

George Steiner, Errata


Existen muchos testimonios sobre la experiencia estética producida por el encuentro con una obra de arte. Las obras de arte, entre ellas las literarias, dejan en nosotros “una huella palpable”. Seguimos nuestro camino marcados por el encuentro. Quisiera compartirles uno de estos testimonios, es del escritor Sergio Pitol y se encuentra en su libro El viaje:


Estaba en segundo año de secundaria. Mi abuela me había regalado un pequeño portafolio rígido de cuero para guardar libros, cuadernos y demás utensilios escolares, con la esperanza de que dejase de perderlos a cada rato. A mi casa llegaba regularmente una revista médica muy bien ilustrada, de cuyo interior se podía desprender la reproducción de una obra maestra del arte. Yo recortaba esas páginas para guardarlas en una caja de tesoros personales. 

Un día, al abrir la revista me quedé aturdido. Nada había visto tan deslumbrador como aquella página colorida. Un cuadro bañado de luz, iluminado desde arriba, pero también desde el interior de la tela. En una pecera nadaban unos cuantos peces rojos cuyo reflejo se mecía en la superficie del agua. Era el triunfo absoluto del color. El cubo que contenía a los peces formaba parte del eje vertical del cuadro y se apoyaba en una mesa redonda sostenida por un solo pie. Estaba, claro, en el centro. Todo el resto de la tela era una selva de hojas hermosas y de flores; estaban en el primer plano, en el fondo, se las veía a través del cristal del recipiente, enardecidas, arracimadas, luminosas, perfectas. Si hubiese vivido en la Antártida, o en el corazón de Sonora, o del Sáhara, donde nadie nunca ve flores ni peces ni agua, podría comprender que aquella precipitación florida me hiciera enloquecer. Pero vivía en Córdoba, al lado de Fortín de las Flores, en medio de jardines suculentos, y aún así aquello me parecía un milagro. Fijé la página con pegamento en la parte interior dura de mi maletín. Algunos compañeros colocaban allí fotos de Lucha Reyes, de Toña la Negra, las grandes voces del momento, o de boxeadores, escenas de películas, perros, Vírgenes y santos, modelos de aviones o automóviles flamantes; otros, nada. Conviví con mis peces rojos y su entorno fascinante durante tres años. Fue mi mejor amuleto; una señal, una promesa. Vi después reproducciones de obras de su autor, pero no ésa. En el Museo de Arte Moderno de Nueva York me detuve por asombro ante formidables óleos suyos. 

Años después, al entrar en una sala del Museo Pushkin de Moscú, la que alberga algunos de los óleos más extraordinarios de Matisse, me encontré de golpe con el original de aquellos Peces rojos míos. Más que una experiencia estética fue un trance místico, una revaloración instantánea del mundo, de la continuidad del tiempo.
Sergio Pitol, Peces rojos


Desde luego se trata de encuentros que ocurren, de forma azarosa y fortuita, y que es muy difícil producir. Yo no me atrevería a afirmar que a través de mi trabajo de mediación he logrado que un lector haya vivido un encuentro de esta magnitud. Aún en los contextos desfavorecidos donde es probable que el trabajo de los mediadores sea la única oportunidad que tienen los lectores para vivir encuentros afortunados con los textos, creo que es muy difícil que lleguen a producirse. Dos razones: los mediadores hacemos sólo un trabajo de introducción (el camino de descubrimiento de los textos es largo) y me parece que los encuentros definitivos uno los vive siempre en solitario. Los mediadores preparamos el barco para el viaje, pero somos siempre esas siluetas que se quedan en el muelle y se van borrando mientras dicen adiós con la mano.


(Escribe tu nombre en el aire
ahora bórralo
me estás diciendo adiós con la mano.)

Ricardo Yáñez

sábado, 30 de julio de 2011

La historia lectora


Algo que los mediadores deberían compartir con los lectores y otros mediadores es su historia lectora. ¿Cómo llegué a ser el lector que soy? Yo les contaré sólo el inicio.


No recuerdo nada o casi nada de mis primeras letras. Las palabras me empezaron a gustar tarde… no tuve una infancia rodeada de libros. La primera imagen que tengo de la lectura es la figura de mi abuela leyendo en su habitación. Yo imaginaba que eso que ella hacía, estar horas inclinada sobre las páginas de un libro, debía de ser algo muy interesante. Con los años descubrí que se trataba siempre de un mismo libro: la biblia. 


No tengo ningún recuerdo agradable de la lectura en los primeros años de la escuela: ningún libro significativo, ninguna experiencia inolvidable. Nuevamente, la figura de mi abuela es central. Ella escribía poesía y me animaba para que me presentara en los concursos escolares. Me leía en voz alta sus textos, yo los aprendía de memoria y los recitaba. Nunca gané nada, pero mucha gente me preguntaba por el autor. Mi abuela me tenía prohibido mencionar su nombre. 


En una ocasión me invitó a leer en voz alta en la iglesia que frecuentaba. Yo tenía 8 o 9 años. Recuerdo haber leído frente a unas 250 personas. Me temblaba todo el cuerpo y jamás levanté la vista de la página. Mientras leía, mi voz y las palabras hicieron un silencio fantástico y no sé cómo pero me fui a otro lugar. Cuando terminé de leer me costó trabajo creer que seguía parado en el mismo auditorio. 


Creo que mi abuela fue mi primer libro. En ella leí las historias más fantásticas. Ella fue mi primer encuentro con un personaje, mi primera conversación literaria, mi primera exploración de las posibilidades de la palabra.

martes, 19 de julio de 2011

La insoportable brevedad del texto

En una ocasión escuché a una chica decir que “leer es leer una novela”. Conversando al respecto, pude conocer las razones de esta afirmación. Para ella, la lectura de un cuento o de un poema no es lectura porque se trata de textos breves. Le pregunté, entonces, qué pensaba de las personas que leían libros de cuentos o libros de poesía. “Es lo mismo”, me respondió. 


Una maestra me dijo una vez: “mis alumnos leen entre 5 y 6 libros cada ciclo escolar, y son libros de verdad”. Cuando le pregunté a que se refería con la expresión “libros de verdad” me respondió: “libros largos, novelas enteras”. 


La semana pasada me encontré a un amigo en un café del centro. Yo acaba de comprar y estaba leyendo Temporada de caza para el león negro de Tryno Maldonado. Nos saludamos y me preguntó por el libro. Yo le conté, muy emocionado, que se trataba de una novela construida a partir de 99 capítulos muy breves, algunos de una sola frase. “Ahhhh, eres un tramposo”, me dijo.


El martes 12,  en una conversación online que sostuvo con lectores de El País, Alejandro Zambra fue cuestionado sobre la brevedad de sus textos. Un internauta le ha preguntado: ¿Por qué escribes novelas tan cortas? Zambra, que ha escrito a la fecha tres novelas breves de mucha calidad, ha respondido: 


“Con "Bonsái" era un poco más deliberado, había un deseo de desandar el camino novelesco, reducirlo todo al mínimo, quitar convenciones. Hacer un bonsái de novela, no una novela. Pero con "La vida privada de los árboles" y "Formas de volver a casa" simplemente se dio un cierto trayecto. No tengo demasiadas explicaciones o explicaciones muy precisas (más allá de lo que sucede en los libros, claro). No soy partidario -así, en abstracto- de las novelas cortas o de las novelas largas. Pero me gustan mucho algunas novelas cortas, como "El coronel no tiene quien le escriba", de García Márquez", o "Las cosas" y "Un hombre que duerme", de Perec", entre muchas otras.”


Otro participante ha declarado: Me gustaría una novela suya de 400 páginas. Zambra comentó:


“Lo de escribir 400 páginas no es un reto. Nunca pienso en cuán largo o corto va a salir un libro. En verdad nunca pienso en nada que limite el proceso de creación.”


 Algo parecido escribe Andrés Neuman en el epílogo-manifiesto “Las mínimas palabras (acerca del microcuento)” que ha incluido en su libro de cuentos breves El que espera (dividió en miniaturas y brevedades). Cito:


“(…) en muchas ocasiones la extensión de un cuento empieza siendo una incógnita para el propio autor, que sin embargo suele tener claros desde un principio los recursos técnicos, de perspectiva y estructurales de que dispondrá para contar su historia. Más que proponerse “voy a escribir un cuentos de unas cuatro páginas” para a continuación buscar los recursos técnicos necesarios, lo que suele hacer esta clase de narradores es pensar “quisiera contar esta historia, y sé que me gustaría hacerlo desde este punto de vista, con este ritmo y este esquema”, siendo esta elección de lenguaje la que atrae, de forma natural, la brevedad.”


La brevedad como acontecimiento y no como búsqueda.


O, algo por el estilo, de Valeria Luiselli en Los ingrávidos:


"Las novelas son de largo aliento. Eso quieren los novelistas. Nadie sabe exactamente qué significa pero todos dicen: largo aliento. Yo tengo una bebé y un niño mediano. No me dejan respirar. Todo lo que escribo es -tiene que ser- de corto aliento. Poco aire."


En mi campo, la formación de lectores, los textos breves suelen ser apreciados por su utilidad. Por ejemplo, para la lectura en voz alta. Pero más allá de esto, me parece que no nos hemos detenido a considerar especialmente lo que la lectura de textos breves puede llegar a significar: la posibilidad de una lectura totalmente distinta a otras. 


Hay quienes todavía consideran que la narrativa breve es un género menor. Aunque autores como Cortázar o Borges hayan escrito textos breves, la brevedad de algunos textos parece volverse insoportable para algunos lectores.

domingo, 10 de julio de 2011

Las casas donde leímos esos libros

Llevo algunas semanas, quizá un par de meses, leyendo textos que me arriesgaría a calificar como juveniles. Se trata de textos distintos, publicados en libros de editoriales distintas, que no tienen, y espero que nunca tengan, colecciones de literatura juvenil. Es algo diferente lo que digo: textos juveniles.  


Esta expresión, “textos juveniles”, no pretende designar un estilo, una forma de creación, un conjunto de textos determinado y mucho menos una especie de público lector (lo sé muy bien, la distinción está en mi cabeza y no en los textos). Para mí, los textos juveniles son aquellos que están construidos a partir de experiencias de juventud, que centran su mundo (acción, reflexión, lenguaje y referencias) en estas experiencias y que suelen tener jovencitos como personajes. La clave está en la honestidad (porque algo similar he escuchado sobre algunas colecciones de literatura juvenil): se trata de textos honestos, que no fingen su contenido, que no aleccionan. Sobre todo esto último, no aleccionan: no hay nada menos juvenil que aleccionar. Los textos juveniles celebran la juventud, con todo y sus traumas y tragedias. 


Bueno, pero yo decía que llevo algún tiempo leyendo textos juveniles. Leyéndolos me pasaron algunas cosas. Para empezar, me descubrí recordando mis años pasados. Con cierta nostalgia, volví a pensar en “los tiempos de la escuela” (es una tragedia que la juventud coincida con esos tiempos), de las primeras fiestas y sobre todo de las “enfermedades inventadas”. Descubrí también que me hubiera gustado leer muchos de estos libros en ese tiempo. Por razones diversas, que van desde el desconocimiento de los autores hasta mis problemas económicos de entonces, nunca pude tener acceso a ellos. Esta es una deuda conmigo mismo que empiezo a saldar. Y, además, recordé mi viejo sistema de economía de lectura. 


Cuando era estudiante, tenía serios problemas económicos. Nada del otro mundo, es una historia conocida. Pero para mí esto tenía una consecuencia específica: no podía acceder a muchos libros. Nunca me he sentido cómodo en las bibliotecas y la verdad las visito poco. Así que para poder leer (por varias razones que algún día contaré, no me gustaba leer libros prestados) tuve que diseñarme un sistema de “adquisición y reciclaje de libros”. Mi primera incursión en la educación financiera. Era sencillo: compraba libros usados en librerías de viejo, después de leerlos los vendía en las mismas librerías y con ese dinero compraba otros libros. Era un negocio redondo, para las librerías, y a mí me permitía mantenerme leyendo. 


En El palacio de la luna de Paul Auster, Marco Stanley hereda de un tío una biblioteca nada despreciable. Él, como muchos adolescentes, no es un “gran lector”, pero como ha perdido casi todo el interés en la vida útil decide encerrarse en su casa a leer. Tiene poco dinero y muchos libros. Entonces diseña un sistema similar al mío: cada semana leerá todos los  libros que pueda de la biblioteca de su tío, después venderá esos libros para poder mantenerse con el dinero, y así hasta terminar la biblioteca entera. A mí me parecía una victoria, pero las historias avanzan de formas que muchas veces no son las que queremos. De la contraportada del libro: Marco “va cayendo progresivamente en la indigencia, la soledad y una suerte de tranquila locura de matices dostoievskianos, hasta que la bella Kitty Wu lo rescata”. Es muy triste, ¿no?


Hay claras diferencias con mi historia personal. Los libros a los que yo tenía acceso eran limitados: las librerías de viejo no son, salvo algunas excepciones, maravillosas como la biblioteca de la novela de Auster. Y mi interés, que siempre ha sido selectivo, me hacía la cosa más difícil. Además (¡gracias destino!), nunca fui rescatado por una bella Kitty Wu. Ahora, recordando, reconozco que mi sistema tenía, por así decirlo, una ventaja: los libros que se rematan en las librerías de viejo suelen ser, en su mayoría, “clásicos”. Y así pude leer a autores como Virginia Woolf, Samuel Beckett, Kafka, Dostoievski, Hemingway, Rulfo, por nombrar algunos. De otra forma quizá hubiera tardado en llegar a ellos o nunca los hubiera conocido. No me interesa pensar en las posibilidades. 


El final de esta experiencia siempre me ha parecido agradable: termina con mi aterrizaje en la escritura. Escribía ensayos y reseñas sobre pedido para mis amigos estudiantes. Y así pude comenzar a conservar algunos libros. Ahora me resultaría casi imposible retomar mi sistema, aunque pensándolo bien quién sabe, la crisis es la crisis. 


¿Leí alguna vez “literatura juvenil”? Puede que sí o puede que no, la verdad no lo recuerdo. Y si no lo recuerdo quiere decir que no hay ahí nada significativo. Haciendo un esfuerzo logro sacar de la memoria dos títulos que podría, siempre con problemas, calificar como juveniles: El retrato del artista adolescente y El guardián entre el centeno. Puedo recordar pasajes, pero nada que me conecte con mis experiencias juveniles. Y me parece que eso es lo importante, eso que me ha pasado ahora que me he puesto a leer estos libros que me hubiera gustado leer hace años. 


Leer siendo joven es una experiencia determinante. A diferencia del matrimonio, en el que la elección de la pareja es algo que se debe meditar, creo que no importa tanto qué se lea, sino el hecho de leer. Pasar el tiempo en las páginas, desvelarse, agarrarse de un fragmento o de una frase con toda la fuerza del cuerpo joven. Si hay lectura corporal, esta tiene lugar en la juventud, aunque después se prolongue un poco más allá. 


Los que me conocen quizá piensen que este tipo de cosas se escriben después de los 30 y que es una ridiculez de mi parte. Pero a ellos les digo que hoy me siento en ese punto que describe Alejandro Zambra en su novela Formas de volver a casa: “ha llegado el tiempo en que no importan las películas ni las novelas sino el momento en que las vimos, las leímos: dónde estábamos, qué hacíamos, quiénes éramos entonces.” 



Vuelvo a decirlo: me hubiera gustado leer estos libros hace años. Así podría releerlos hoy y tener otros recuerdos. Me parece que el momento es algo de lo más importante: recordamos un texto también por el momento. En mi caso no es posible. Pero algo se ha salvado: quizá vuelva a leer alguno de los libros que leí hace años, aunque no sean los que hubiera deseado. Después de todo, volver es volver: ¿la relectura no es acaso una forma de volver a casa, a las casas donde leímos esos libros?

miércoles, 6 de julio de 2011

El mediador

Estoy escribiendo algunas reflexiones sobre el papel de los mediadores en la formación de lectores. Dedicaré al tema algunos textos. Les comparto la primera entrega.


Los encuentros

Un lector y un texto a veces se encuentran. Ese encuentro, como cualquier otro, produce o entraña un efecto. Pero el efecto puede o no ser el que nosotros pensamos, es incierto. Para mí, lo valioso es estar ahí en el momento que ocurre, presenciarlo. 


Todos los lectores hemos experimentado el encuentro con algún texto. Literalmente, las palabras de ese texto nos toman de la mano y nos miran a los ojos. El texto nos comunica sus secretos. La respuesta del lector es igual de misteriosa: cada lector le comunica al texto sus experiencias más íntimas. Se produce entonces la lectura.


La lectura es un acontecimiento misterioso y complejo: la lectura es lo que cada lector permite que sea. 


Algunas veces, un lector se encuentra también con otros lectores. El encuentro entre dos lectores es igual de incierto y misterioso que el encuentro del lector con el texto. Porque puede que el lector quiera comunicar sus experiencias al texto, pero quizá no a otros lectores. Para que esto ocurra se requieren ciertas condiciones: un espacio agradable, un ambiente que permita la confianza y la libre expresión de las ideas, la posibilidad de conversar, la disposición para escuchar, el reconocimiento del valor de la opinión de los otros, el respeto al silencio, entre otras. 


Algunas veces, un lector se encuentra con la escritura. Este es quizá el encuentro más trascendente que he podido presenciar en mi experiencia como mediador. Cuando un lector comienza, además, a escribir, algo ha ocurrido en él: las palabras han operado en él de una forma casi milagrosa. Lo han transformado. A ese lector, ya no le basta la plática o la conversación. Quiere seguir diciendo, pero ahora ha descubierto una forma especial de comunicar su mundo interior. Y comienza la creación, como cuando el mundo aún no existía.


El placer que el escritor experimenta al ejercer la palabra es indescriptible. Difícilmente se conformará ya con menos. Su lectura y su convivencia con otros lectores se irán transformando. Porque ahora él será también leído. 


La escritura, hay que decirlo, exige, además del trabajo imaginativo, dedicación y paciencia. Hay que escribir y leer, conversar y escuchar, reescribir y redactar, y muchas veces tirarlo todo y volver a comenzar. Esto es lo que conocemos como escritura.


El trabajo del mediador consiste en multiplicar las oportunidades para producir estos encuentros. En este sentido, imagino mi trabajo de mediación en términos de establecer relaciones y no aprendizajes.

Si tuviera que describir mi trabajo como mediador, diría que me dedico a organizar citas a ciegas entre lectores y textos. A veces, para reunirlos, tengo que hacer muchas cosas. En ocasiones basta una primera mirada. Sea como sea, los reúno y dejo que se conozcan. Es un poco irresponsable eso que hago. Pero confió en los lectores y en los textos.

viernes, 24 de junio de 2011

El derecho al olvido

Son las 9:48 pm (¿de qué día?). Llueve. Hoy me refugié de un encuentro de promotores de lectura en una de esas librerías “en las que no entra nunca nadie”. Entre otras cosas, compré Punks de boutique de Camille de Toledo (Almadía 2008). Es el ensayo manifiesto de un punk hijo del doble derrumbe: 9/11 y 11/9 (“la caída de un muro y la caída de las torres”). Estoy leyendo y la lectura me impone una pausa, una pausa para escribir. En esta ocasión, más que comentar quisiera compartir con ustedes este libro. Me he quedado maravillado por el tono provocador de la escritura y por la fuerza del pensamiento de Camille. Escribió este libro a los 25 años, en él dice:

Aprendí a reconocer dos etapas del poder en la era moderna: el poder de derecho divino, al que apelaban las monarquías europeas, y el poder de derecho natural, que consagró al pueblo como único soberano. La Revolución Francesa fue el momento histórico de este tránsito. La decapitación de Luis XVI, su acto simbólico. A raíz de la Segunda Guerra Mundial, nació otro principio que anuncia una tercera etapa del poder. No es divino ni popular. Fundamenta su legitimidad en la memoria… la memoria absoluta del horror absoluto. Su principio dice: el orden económico mundial es legítimo ya que garantiza la paz mediante el librecambio. Las protestas deben ser combatidas porque contienen en germen el riesgo de un repliegue sobre sí, de los nacionalismos y de la barbarie. Su corolario: poco importa que el pueblo esté a favor o en contra. El orden económico conserva la memoria. Si la legitimidad democrática condujo a la decapitación del rey, la legitimidad mnemónica ha conseguido decapitar al pueblo.

Hemos salido de la edad democrática. Habrá que aceptarlo algún día. Tuvo su momento. Un feliz momento. Pero hay que pasar la página. Sólo si se cumple esta condición, los contestatarios actuales dejarán de llorar por el Estado-nación como viudas sicilianas. Llevemos el luto y sigamos nuestro camino. Es conveniente atacar el principio de poder, no su coartada: dejemos la democracia ahí donde la dejó la legitimidad mnemónica: en el abismo, hecha puré, con los demás cadáveres. “No existe el deber de recordar, -escuchamos en El elogio del amor, la película de Jean- Luc Godard-, sólo tenemos el derecho al olvido”. Esta frase me gustó. Me ofrecía una salida, fuera del encierro. Puesto que el deber de recordar se ha mutado en fuerzas del orden, la rebelión debe pasar por el olvido. “No quiero recordar, porque haciéndolo temo impedir el futuro y usurpar el pasado”, escribía André Gide en las primeras páginas de El inmoralista. Esta frase también me gustó. Me ayudó a vaciar la obligación inventada por los que envejecen para refrenar la agitación. Sin embargo, la memoria ha alcanzado tal plenitud, se ha hecho tan institucional, que ya no tolera cuestionamiento alguno; imagínese por un instante la avalancha de insultos que tendría que soportar un hombre o una mujer desconocidos que, abiertamente, pidieran el reconocimiento del derecho al olvido. Pronto se verían compareciendo en el banquillo vergonzoso de los revisionistas, falsamente acusados de querer negar el monstruo. Jean-Luc Godard se atrevió, corriendo el riesgo de no ser comprendido. Simplemente no se le oyó. Cuando el recuerdo construido colectivamente se pone al servicio de un orden injusto, el derecho de olvidarlo pasa a ser un acto legítimo de resistencia.


El periódico La razón publicó ayer en su portada una foto de Javier Sicilia abrazando a Felipe Calderón. El diálogo que sostuvieron en Chapultepec, calificado por la redacción como un “extraordinario ejercicio de respeto y tolerancia”, a diferencia de la foto en la portada, es fácil de olvidar.