sábado, 30 de julio de 2011

La historia lectora


Algo que los mediadores deberían compartir con los lectores y otros mediadores es su historia lectora. ¿Cómo llegué a ser el lector que soy? Yo les contaré sólo el inicio.


No recuerdo nada o casi nada de mis primeras letras. Las palabras me empezaron a gustar tarde… no tuve una infancia rodeada de libros. La primera imagen que tengo de la lectura es la figura de mi abuela leyendo en su habitación. Yo imaginaba que eso que ella hacía, estar horas inclinada sobre las páginas de un libro, debía de ser algo muy interesante. Con los años descubrí que se trataba siempre de un mismo libro: la biblia. 


No tengo ningún recuerdo agradable de la lectura en los primeros años de la escuela: ningún libro significativo, ninguna experiencia inolvidable. Nuevamente, la figura de mi abuela es central. Ella escribía poesía y me animaba para que me presentara en los concursos escolares. Me leía en voz alta sus textos, yo los aprendía de memoria y los recitaba. Nunca gané nada, pero mucha gente me preguntaba por el autor. Mi abuela me tenía prohibido mencionar su nombre. 


En una ocasión me invitó a leer en voz alta en la iglesia que frecuentaba. Yo tenía 8 o 9 años. Recuerdo haber leído frente a unas 250 personas. Me temblaba todo el cuerpo y jamás levanté la vista de la página. Mientras leía, mi voz y las palabras hicieron un silencio fantástico y no sé cómo pero me fui a otro lugar. Cuando terminé de leer me costó trabajo creer que seguía parado en el mismo auditorio. 


Creo que mi abuela fue mi primer libro. En ella leí las historias más fantásticas. Ella fue mi primer encuentro con un personaje, mi primera conversación literaria, mi primera exploración de las posibilidades de la palabra.

martes, 19 de julio de 2011

La insoportable brevedad del texto

En una ocasión escuché a una chica decir que “leer es leer una novela”. Conversando al respecto, pude conocer las razones de esta afirmación. Para ella, la lectura de un cuento o de un poema no es lectura porque se trata de textos breves. Le pregunté, entonces, qué pensaba de las personas que leían libros de cuentos o libros de poesía. “Es lo mismo”, me respondió. 


Una maestra me dijo una vez: “mis alumnos leen entre 5 y 6 libros cada ciclo escolar, y son libros de verdad”. Cuando le pregunté a que se refería con la expresión “libros de verdad” me respondió: “libros largos, novelas enteras”. 


La semana pasada me encontré a un amigo en un café del centro. Yo acaba de comprar y estaba leyendo Temporada de caza para el león negro de Tryno Maldonado. Nos saludamos y me preguntó por el libro. Yo le conté, muy emocionado, que se trataba de una novela construida a partir de 99 capítulos muy breves, algunos de una sola frase. “Ahhhh, eres un tramposo”, me dijo.


El martes 12,  en una conversación online que sostuvo con lectores de El País, Alejandro Zambra fue cuestionado sobre la brevedad de sus textos. Un internauta le ha preguntado: ¿Por qué escribes novelas tan cortas? Zambra, que ha escrito a la fecha tres novelas breves de mucha calidad, ha respondido: 


“Con "Bonsái" era un poco más deliberado, había un deseo de desandar el camino novelesco, reducirlo todo al mínimo, quitar convenciones. Hacer un bonsái de novela, no una novela. Pero con "La vida privada de los árboles" y "Formas de volver a casa" simplemente se dio un cierto trayecto. No tengo demasiadas explicaciones o explicaciones muy precisas (más allá de lo que sucede en los libros, claro). No soy partidario -así, en abstracto- de las novelas cortas o de las novelas largas. Pero me gustan mucho algunas novelas cortas, como "El coronel no tiene quien le escriba", de García Márquez", o "Las cosas" y "Un hombre que duerme", de Perec", entre muchas otras.”


Otro participante ha declarado: Me gustaría una novela suya de 400 páginas. Zambra comentó:


“Lo de escribir 400 páginas no es un reto. Nunca pienso en cuán largo o corto va a salir un libro. En verdad nunca pienso en nada que limite el proceso de creación.”


 Algo parecido escribe Andrés Neuman en el epílogo-manifiesto “Las mínimas palabras (acerca del microcuento)” que ha incluido en su libro de cuentos breves El que espera (dividió en miniaturas y brevedades). Cito:


“(…) en muchas ocasiones la extensión de un cuento empieza siendo una incógnita para el propio autor, que sin embargo suele tener claros desde un principio los recursos técnicos, de perspectiva y estructurales de que dispondrá para contar su historia. Más que proponerse “voy a escribir un cuentos de unas cuatro páginas” para a continuación buscar los recursos técnicos necesarios, lo que suele hacer esta clase de narradores es pensar “quisiera contar esta historia, y sé que me gustaría hacerlo desde este punto de vista, con este ritmo y este esquema”, siendo esta elección de lenguaje la que atrae, de forma natural, la brevedad.”


La brevedad como acontecimiento y no como búsqueda.


O, algo por el estilo, de Valeria Luiselli en Los ingrávidos:


"Las novelas son de largo aliento. Eso quieren los novelistas. Nadie sabe exactamente qué significa pero todos dicen: largo aliento. Yo tengo una bebé y un niño mediano. No me dejan respirar. Todo lo que escribo es -tiene que ser- de corto aliento. Poco aire."


En mi campo, la formación de lectores, los textos breves suelen ser apreciados por su utilidad. Por ejemplo, para la lectura en voz alta. Pero más allá de esto, me parece que no nos hemos detenido a considerar especialmente lo que la lectura de textos breves puede llegar a significar: la posibilidad de una lectura totalmente distinta a otras. 


Hay quienes todavía consideran que la narrativa breve es un género menor. Aunque autores como Cortázar o Borges hayan escrito textos breves, la brevedad de algunos textos parece volverse insoportable para algunos lectores.

domingo, 10 de julio de 2011

Las casas donde leímos esos libros

Llevo algunas semanas, quizá un par de meses, leyendo textos que me arriesgaría a calificar como juveniles. Se trata de textos distintos, publicados en libros de editoriales distintas, que no tienen, y espero que nunca tengan, colecciones de literatura juvenil. Es algo diferente lo que digo: textos juveniles.  


Esta expresión, “textos juveniles”, no pretende designar un estilo, una forma de creación, un conjunto de textos determinado y mucho menos una especie de público lector (lo sé muy bien, la distinción está en mi cabeza y no en los textos). Para mí, los textos juveniles son aquellos que están construidos a partir de experiencias de juventud, que centran su mundo (acción, reflexión, lenguaje y referencias) en estas experiencias y que suelen tener jovencitos como personajes. La clave está en la honestidad (porque algo similar he escuchado sobre algunas colecciones de literatura juvenil): se trata de textos honestos, que no fingen su contenido, que no aleccionan. Sobre todo esto último, no aleccionan: no hay nada menos juvenil que aleccionar. Los textos juveniles celebran la juventud, con todo y sus traumas y tragedias. 


Bueno, pero yo decía que llevo algún tiempo leyendo textos juveniles. Leyéndolos me pasaron algunas cosas. Para empezar, me descubrí recordando mis años pasados. Con cierta nostalgia, volví a pensar en “los tiempos de la escuela” (es una tragedia que la juventud coincida con esos tiempos), de las primeras fiestas y sobre todo de las “enfermedades inventadas”. Descubrí también que me hubiera gustado leer muchos de estos libros en ese tiempo. Por razones diversas, que van desde el desconocimiento de los autores hasta mis problemas económicos de entonces, nunca pude tener acceso a ellos. Esta es una deuda conmigo mismo que empiezo a saldar. Y, además, recordé mi viejo sistema de economía de lectura. 


Cuando era estudiante, tenía serios problemas económicos. Nada del otro mundo, es una historia conocida. Pero para mí esto tenía una consecuencia específica: no podía acceder a muchos libros. Nunca me he sentido cómodo en las bibliotecas y la verdad las visito poco. Así que para poder leer (por varias razones que algún día contaré, no me gustaba leer libros prestados) tuve que diseñarme un sistema de “adquisición y reciclaje de libros”. Mi primera incursión en la educación financiera. Era sencillo: compraba libros usados en librerías de viejo, después de leerlos los vendía en las mismas librerías y con ese dinero compraba otros libros. Era un negocio redondo, para las librerías, y a mí me permitía mantenerme leyendo. 


En El palacio de la luna de Paul Auster, Marco Stanley hereda de un tío una biblioteca nada despreciable. Él, como muchos adolescentes, no es un “gran lector”, pero como ha perdido casi todo el interés en la vida útil decide encerrarse en su casa a leer. Tiene poco dinero y muchos libros. Entonces diseña un sistema similar al mío: cada semana leerá todos los  libros que pueda de la biblioteca de su tío, después venderá esos libros para poder mantenerse con el dinero, y así hasta terminar la biblioteca entera. A mí me parecía una victoria, pero las historias avanzan de formas que muchas veces no son las que queremos. De la contraportada del libro: Marco “va cayendo progresivamente en la indigencia, la soledad y una suerte de tranquila locura de matices dostoievskianos, hasta que la bella Kitty Wu lo rescata”. Es muy triste, ¿no?


Hay claras diferencias con mi historia personal. Los libros a los que yo tenía acceso eran limitados: las librerías de viejo no son, salvo algunas excepciones, maravillosas como la biblioteca de la novela de Auster. Y mi interés, que siempre ha sido selectivo, me hacía la cosa más difícil. Además (¡gracias destino!), nunca fui rescatado por una bella Kitty Wu. Ahora, recordando, reconozco que mi sistema tenía, por así decirlo, una ventaja: los libros que se rematan en las librerías de viejo suelen ser, en su mayoría, “clásicos”. Y así pude leer a autores como Virginia Woolf, Samuel Beckett, Kafka, Dostoievski, Hemingway, Rulfo, por nombrar algunos. De otra forma quizá hubiera tardado en llegar a ellos o nunca los hubiera conocido. No me interesa pensar en las posibilidades. 


El final de esta experiencia siempre me ha parecido agradable: termina con mi aterrizaje en la escritura. Escribía ensayos y reseñas sobre pedido para mis amigos estudiantes. Y así pude comenzar a conservar algunos libros. Ahora me resultaría casi imposible retomar mi sistema, aunque pensándolo bien quién sabe, la crisis es la crisis. 


¿Leí alguna vez “literatura juvenil”? Puede que sí o puede que no, la verdad no lo recuerdo. Y si no lo recuerdo quiere decir que no hay ahí nada significativo. Haciendo un esfuerzo logro sacar de la memoria dos títulos que podría, siempre con problemas, calificar como juveniles: El retrato del artista adolescente y El guardián entre el centeno. Puedo recordar pasajes, pero nada que me conecte con mis experiencias juveniles. Y me parece que eso es lo importante, eso que me ha pasado ahora que me he puesto a leer estos libros que me hubiera gustado leer hace años. 


Leer siendo joven es una experiencia determinante. A diferencia del matrimonio, en el que la elección de la pareja es algo que se debe meditar, creo que no importa tanto qué se lea, sino el hecho de leer. Pasar el tiempo en las páginas, desvelarse, agarrarse de un fragmento o de una frase con toda la fuerza del cuerpo joven. Si hay lectura corporal, esta tiene lugar en la juventud, aunque después se prolongue un poco más allá. 


Los que me conocen quizá piensen que este tipo de cosas se escriben después de los 30 y que es una ridiculez de mi parte. Pero a ellos les digo que hoy me siento en ese punto que describe Alejandro Zambra en su novela Formas de volver a casa: “ha llegado el tiempo en que no importan las películas ni las novelas sino el momento en que las vimos, las leímos: dónde estábamos, qué hacíamos, quiénes éramos entonces.” 



Vuelvo a decirlo: me hubiera gustado leer estos libros hace años. Así podría releerlos hoy y tener otros recuerdos. Me parece que el momento es algo de lo más importante: recordamos un texto también por el momento. En mi caso no es posible. Pero algo se ha salvado: quizá vuelva a leer alguno de los libros que leí hace años, aunque no sean los que hubiera deseado. Después de todo, volver es volver: ¿la relectura no es acaso una forma de volver a casa, a las casas donde leímos esos libros?

miércoles, 6 de julio de 2011

El mediador

Estoy escribiendo algunas reflexiones sobre el papel de los mediadores en la formación de lectores. Dedicaré al tema algunos textos. Les comparto la primera entrega.


Los encuentros

Un lector y un texto a veces se encuentran. Ese encuentro, como cualquier otro, produce o entraña un efecto. Pero el efecto puede o no ser el que nosotros pensamos, es incierto. Para mí, lo valioso es estar ahí en el momento que ocurre, presenciarlo. 


Todos los lectores hemos experimentado el encuentro con algún texto. Literalmente, las palabras de ese texto nos toman de la mano y nos miran a los ojos. El texto nos comunica sus secretos. La respuesta del lector es igual de misteriosa: cada lector le comunica al texto sus experiencias más íntimas. Se produce entonces la lectura.


La lectura es un acontecimiento misterioso y complejo: la lectura es lo que cada lector permite que sea. 


Algunas veces, un lector se encuentra también con otros lectores. El encuentro entre dos lectores es igual de incierto y misterioso que el encuentro del lector con el texto. Porque puede que el lector quiera comunicar sus experiencias al texto, pero quizá no a otros lectores. Para que esto ocurra se requieren ciertas condiciones: un espacio agradable, un ambiente que permita la confianza y la libre expresión de las ideas, la posibilidad de conversar, la disposición para escuchar, el reconocimiento del valor de la opinión de los otros, el respeto al silencio, entre otras. 


Algunas veces, un lector se encuentra con la escritura. Este es quizá el encuentro más trascendente que he podido presenciar en mi experiencia como mediador. Cuando un lector comienza, además, a escribir, algo ha ocurrido en él: las palabras han operado en él de una forma casi milagrosa. Lo han transformado. A ese lector, ya no le basta la plática o la conversación. Quiere seguir diciendo, pero ahora ha descubierto una forma especial de comunicar su mundo interior. Y comienza la creación, como cuando el mundo aún no existía.


El placer que el escritor experimenta al ejercer la palabra es indescriptible. Difícilmente se conformará ya con menos. Su lectura y su convivencia con otros lectores se irán transformando. Porque ahora él será también leído. 


La escritura, hay que decirlo, exige, además del trabajo imaginativo, dedicación y paciencia. Hay que escribir y leer, conversar y escuchar, reescribir y redactar, y muchas veces tirarlo todo y volver a comenzar. Esto es lo que conocemos como escritura.


El trabajo del mediador consiste en multiplicar las oportunidades para producir estos encuentros. En este sentido, imagino mi trabajo de mediación en términos de establecer relaciones y no aprendizajes.

Si tuviera que describir mi trabajo como mediador, diría que me dedico a organizar citas a ciegas entre lectores y textos. A veces, para reunirlos, tengo que hacer muchas cosas. En ocasiones basta una primera mirada. Sea como sea, los reúno y dejo que se conozcan. Es un poco irresponsable eso que hago. Pero confió en los lectores y en los textos.

viernes, 24 de junio de 2011

El derecho al olvido

Son las 9:48 pm (¿de qué día?). Llueve. Hoy me refugié de un encuentro de promotores de lectura en una de esas librerías “en las que no entra nunca nadie”. Entre otras cosas, compré Punks de boutique de Camille de Toledo (Almadía 2008). Es el ensayo manifiesto de un punk hijo del doble derrumbe: 9/11 y 11/9 (“la caída de un muro y la caída de las torres”). Estoy leyendo y la lectura me impone una pausa, una pausa para escribir. En esta ocasión, más que comentar quisiera compartir con ustedes este libro. Me he quedado maravillado por el tono provocador de la escritura y por la fuerza del pensamiento de Camille. Escribió este libro a los 25 años, en él dice:

Aprendí a reconocer dos etapas del poder en la era moderna: el poder de derecho divino, al que apelaban las monarquías europeas, y el poder de derecho natural, que consagró al pueblo como único soberano. La Revolución Francesa fue el momento histórico de este tránsito. La decapitación de Luis XVI, su acto simbólico. A raíz de la Segunda Guerra Mundial, nació otro principio que anuncia una tercera etapa del poder. No es divino ni popular. Fundamenta su legitimidad en la memoria… la memoria absoluta del horror absoluto. Su principio dice: el orden económico mundial es legítimo ya que garantiza la paz mediante el librecambio. Las protestas deben ser combatidas porque contienen en germen el riesgo de un repliegue sobre sí, de los nacionalismos y de la barbarie. Su corolario: poco importa que el pueblo esté a favor o en contra. El orden económico conserva la memoria. Si la legitimidad democrática condujo a la decapitación del rey, la legitimidad mnemónica ha conseguido decapitar al pueblo.

Hemos salido de la edad democrática. Habrá que aceptarlo algún día. Tuvo su momento. Un feliz momento. Pero hay que pasar la página. Sólo si se cumple esta condición, los contestatarios actuales dejarán de llorar por el Estado-nación como viudas sicilianas. Llevemos el luto y sigamos nuestro camino. Es conveniente atacar el principio de poder, no su coartada: dejemos la democracia ahí donde la dejó la legitimidad mnemónica: en el abismo, hecha puré, con los demás cadáveres. “No existe el deber de recordar, -escuchamos en El elogio del amor, la película de Jean- Luc Godard-, sólo tenemos el derecho al olvido”. Esta frase me gustó. Me ofrecía una salida, fuera del encierro. Puesto que el deber de recordar se ha mutado en fuerzas del orden, la rebelión debe pasar por el olvido. “No quiero recordar, porque haciéndolo temo impedir el futuro y usurpar el pasado”, escribía André Gide en las primeras páginas de El inmoralista. Esta frase también me gustó. Me ayudó a vaciar la obligación inventada por los que envejecen para refrenar la agitación. Sin embargo, la memoria ha alcanzado tal plenitud, se ha hecho tan institucional, que ya no tolera cuestionamiento alguno; imagínese por un instante la avalancha de insultos que tendría que soportar un hombre o una mujer desconocidos que, abiertamente, pidieran el reconocimiento del derecho al olvido. Pronto se verían compareciendo en el banquillo vergonzoso de los revisionistas, falsamente acusados de querer negar el monstruo. Jean-Luc Godard se atrevió, corriendo el riesgo de no ser comprendido. Simplemente no se le oyó. Cuando el recuerdo construido colectivamente se pone al servicio de un orden injusto, el derecho de olvidarlo pasa a ser un acto legítimo de resistencia.


El periódico La razón publicó ayer en su portada una foto de Javier Sicilia abrazando a Felipe Calderón. El diálogo que sostuvieron en Chapultepec, calificado por la redacción como un “extraordinario ejercicio de respeto y tolerancia”, a diferencia de la foto en la portada, es fácil de olvidar.  

lunes, 20 de junio de 2011

Cartucho

Es una destacada artista mexicana, contemporánea de Frida Kahlo, amiga, entre otros, de José Clemente Orozco y de Martín Luis Guzmán. Fue bailarina, coreógrafa y maestra de danza. Como investigadora, rescató ritmos y bailes indígenas que combinó con elementos de danza clásica dando origen a lo que hoy conocemos como danzas populares. Fundó el Ballet de la Ciudad de México y dirigió la escuela de danza del INBA. Escribió poesía, cuento y crónica. Con Cartucho, considerada una de las novelas más importantes de la Revolución, inauguró una nueva forma de narrar que es base y puente de obras fundamentales de la literatura mexicana y latinoamericana como Pedro Paramo y Cien años de soledad. Murió en 1986, de manera misteriosa, víctima de un largo secuestro. ¿Sabes quién es?


Probablemente no y no tiene nada de escandaloso. Estoy de acuerdo contigo en que se trata de una brutalidad excesiva que nos pidan cuentas sobre una escritora mexicana de la época de la Revolución. Sobre todo porque no es nuestro campo y nuestros intereses son otros. A duras penas conocemos a nuestra familia más allá de los abuelos y nuestros amigos son los que tenemos a la mano. Nos comunicamos porque no hay de otra, con cierta eficacia y casi inmediatamente. Pero sentimos que nadie nos comprende del todo y quizá ya no nos interesa. Tú, como yo y como los personajes de Murakami, vives el día a día sumido en una extraña sensación de desconcierto, incertidumbre, de cansancio físico, afectivo y emocional. Cada vez somos menos capaces de sentirnos a nosotros mismos y a lo que nos rodea. Destacada artista mexicana, qué remedio…


Aún así, y a pesar de la escuela, un día llegó a mis manos un Cartucho. Es un libro sobre la Revolución Mexicana, me dijo mi amiga, échale un ojo. Revolución Mexicana, pero sí ya tenemos suficiente de eso en las clases, pensé. Pero la curiosidad me ganó y lo abrí al llegar a mi casa. Primero lo hojee. Simplemente pasé las páginas para darme una idea de su contenido. Por fortuna, se trataba de textos muy breves. Leí uno al azar. Frases cortas, lenguaje accesible, alguien que moría fusilado. Leí otro y después otro y así terminé el libro. Debo decir que me salté el prólogo y que releí varios textos. Me gustó mucho, sobre todo porque no parecía un libro de historia y porque muchas cosas que ahí se dicen se parecían a otras que yo había visto y escuchado muy de cerca, a pesar de la distancia. 


Ahora, varios años después, vuelvo a releer Cartucho. Curiosamente se trata de la misma edición. De Era. Ahora sí me leí el prólogo y lo encontré magnífico. Leí todos los textos siguiendo el orden establecido por la autora y descubrí que, más allá de lo estrictamente literario, me siguen gustando las mismas cosas, aunque sus nombres hayan cambiado: la fuerza expresiva de sus brevísimas frases, los espacios para imaginar (los paisajes poéticos) y las conexiones que establezco conmigo mismo. Aunque los personajes y lugares parecen ser los que estamos acostumbrados a ver en las típicas fotos que acompañan los capítulos que los libros de texto dedican al periodo de la Revolución, en la lectura viven de manera distinta. Sus rostros siguen siendo serios pero han dejado de ser duros. No son los típicos machos del norte, brutales y asesinos, siempre borrachos y entregando la vida a la menor provocación. En la lectura, estos personajes son personas que aman y sienten, sensibles aunque no puedan expresarlo con palabras, que matan y mueren fusilados, casi con una sonrisa. Todo es observado y relatado por una niña que no juzga sino para nombrar las cosas que mira. Nada escandaloso, son historias sobre la Revolución, la muerte y la matanza están siempre presentes. Pero no para elogiarlas o denunciarlas, sino para mostrarnos de dónde venimos. Y para abrirnos los ojos respecto de lo que vivimos ahora. 


Algo que descubro en esta nueva lectura de Cartucho de Nellie Campobello son las distancias que existen entre lo que leemos en los libros de texto  (lo que se enseña en las escuelas) y lo que podemos conocer por otras fuentes, como la literatura. No sé qué opines al respecto, lector desconocido, pero espero que tengas la fortuna de encontrarte con algún libro como éste. Porque bien podrías descubrir, ahí mismo, el placer de acceder a nuestra historia en la comodidad del hogar y en la intimidad de las páginas y la lectura.

lunes, 13 de junio de 2011

Michele Petit: la construcción de uno mismo

Leer le permite al lector, en ocasiones, descifrar su propia existencia. Es el texto el que “lee” al lector, en cierto modo el que lo revela; es el texto el que sabe mucho de él, de las regiones de él que no sabía nombrar. Las palabras del texto constituyen al lector, lo suscitan. 

Michelle Petit, Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura


En ocasiones, los textos que leemos nos ofrecen información acerca de nosotros mismos. Unas veces descubrimos que alguien le ha confiado al texto nuestros secretos más íntimos. Otras, la lectura nos revela aspectos de nosotros que no conocíamos. E incluso llegamos a sentir que el texto nos da la respuesta a esa pregunta que no logramos resolver. No hay aquí nada de paradójico o místico: se trata de la experiencia de la lectura.


Un amigo que sabía de mi interés por estos temas me confió una experiencia que le había sucedido y que tenía relación con la lectura. 


Mi amigo vivía solo con su madre porque su padre había fallecido cuando él era niño. Ya adolescente empezó a sentir que la vida se le estaba haciendo difícil y no tenía mucha idea de cómo afrontar esas dificultades. Se sentía perdido, y me confesó que él sabía que todo sería más fácil si su padre lo hubiera dirigido, aconsejado un poco. Pero la ausencia se dejaba sentir y la vida seguía complicándose. 


Él no es un lector asiduo, pero su padre, en alguna ocasión nada especial, le había regalo un libro. Un día como cualquier otro se decidió a abrirlo. Se trataba de El Periquillo Sarniento de Lizardi. Comenzó a leerlo sin interés, sólo lo hacía como una forma de cumplir el deseo de su padre: evidentemente se lo había regalado para que lo leyera. Le aburría, no conseguía concentrarse, lo dejaba, pero siempre volvía a él. En uno de esos retornos al texto, algo le llamó la atención y ya no pudo parar hasta terminarlo. 


El argumento de la historia es muy conocido: Pedro Sarmiento, enfermo y resignado a morir, comienza a escribir sus memorias con la intención de advertirle a sus hijos sobre los peligros de la vida. 


Inmediatamente, mi amigo se identificó con la realidad que el texto platea. Pero lo  más impresionante fue que descubrió que era su propio padre el que le comunicaba, por medio del libro, todo lo que a él le hubiera gustado que le dijera en vida. 


Sería una locura decir que el libro fue escrito para que mi amigo recibiera el mensaje que esperaba. Además, yo no le hubiera recomendado, ni por asomo, la lectura de este libro aún si hubiera tenido conocimiento de su situación. Pero para él, la lectura de este texto, en ese momento de su vida, fue decisiva: le permitió seguir adelante. 


Yo he vivido experiencias similares. No es este el momento para hablar de mi vida personal pero puedo decirles que siempre que he pasado períodos difíciles he encontrado en la lectura la fuerza necesaria para continuar.  


En Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura Michelle Petit ha expuesto la idea de que lectura juega un papel importantísimo en el desarrollo y fortalecimiento de la personalidad, en la construcción de uno mismo. Esta idea le fue sugerida por los relatos de los jóvenes que entrevistó cuando hacía dos investigaciones sobre el papel de la lectura y las bibliotecas públicas en medios rurales y marginados de Francia (Lectures de champagne (1993) y De la bibliotheque au droit de cité (1996)). Aunque no se trata de una experiencia de lectura exclusiva de los jóvenes, me parece que es en esta etapa de la vida cuando uno es más sensible a ella. 


Escuchemos una vez más a Michele Petit:

(…) si bien la proporción de lectores asiduos ha disminuido, la juventud sigue siendo el periodo de la vida en el que hay una mayor actividad de lectura. Y más allá de los grandes sondeos estadísticos, si se escucha hablar a los jóvenes, se comprende que la lectura de libros tiene para ellos ciertos atractivos particulares que la distinguen de otras formas de esparcimiento. Se comprende que a través de la lectura, aunque sea esporádica, se encuentren mejor equipados para resistir cantidad de procesos de marginación. Se comprende que la lectura los ayude a construirse, a imaginar otros mundos posibles, a soñar, a encontrar un sentido, a encontrar movilidad en el tablero de la sociedad, a encontrar la distancia que da el sentido del humor, y a pensar, en estos tiempos en que escasea el pensamiento.
Estoy convencida de que la lectura, y en particular la lectura de libros, puede ayudar a los jóvenes a ser un poco más sujetos de su propia vida, y no solamente objetos de discursos represivos o paternalistas.


Es un error atribuirle a la literatura el poder de cambiar la realidad, de resolver la injusticia, de instaurar la democracia. Algo distinto es afirmar que un texto puede transformar la vida de una persona. Esto ocurre, hay que ser lector para saberlo.